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La
fachada de Comares
Estimados colegas,
La luz aportada por "La Carta
a B. Accoyer"(1), de Jacques-Alain Miller, me ha evocado la Alhambra.
Hay en el Palacio de la Alhambra una fachada muy bella, con gran valor
simbólico, conocida como "fachada de Comares". Por
una de las puertas de dicha fachada se entra hoy en el Palacio. Aunque
muchos la tomaban como la entrada a toda la Alhambra, alguien señaló,
hace pocos años, que algo "no cuadraba" allí,
que esa fachada resultaba desproporcionada y absurda. En efecto, fue
Emilio García Gómez (2), quien demostró, al mejor
estilo del célebre inspector Dupin, que ésta había
sido la Puerta Principal de la Alhambra pero que no estaba en su sitio,
es decir, que había sido retirada, arrinconada y encajada en
un cuarto trasero, lugar en el que se encuentra hoy día y por
la que hay que pasar, de un modo laberíntico, para acceder
al Palacio.
¿Qué motivó el traslado? Fue entre 1527 y 1537,
cuando el emperador Carlos V desmontó la Puerta Principal al
construir un Palacio, trasladándola a un lugar lateral. Fue
una verdadera agresión sobre la Alhambra ya que la bella fachada
pasó a ser una decoración de teatro, pero de una pieza
dramática que ya no se representa. En el conjunto arquitectónico
de los palacios se percibe bien la embestida, "el codazo"
(como se ve en el plano) del Palacio de Carlos V a la Puerta Principal
de la Alhambra.
¿Por qué fue trasladada? Seguramente se estimó
que, en razón de su belleza, merecía ser conservada
y, como en tales casos suele ocurrir, se le buscó un lugar
de segundo orden, en un paraje sin importancia.
Pues bien, es así como veo la enmienda Accoyer, como una clara
embestida a la puerta de entrada del psicoanálisis, que apunta
claramente a desplazar al psicoanálisis a un lugar secundario,
incluso marginal.
Si esto se produce, se dificultará el acceso libre no sólo
de los ciudadanos a la cura psicoanalítica, sino a lo que la
enseñanza del Dr. Lacan supone en la formación de muchos
profesionales de la Salud Mental, no sólo de Francia, sino
de otros países que, como España, vienen beneficiándose
de esas enseñanzas para trabajar mejor con los pacientes a
su cargo. Porque -hay que decirlo con rotundidad-, la enmienda es
una embestida que va más allá de las fronteras de la
República francesa: una victoria de Accoyer en el país
de Lacan sería una derrota para el psicoanálisis en
el mundo entero, afectaría, en su conjunto, al porvenir del
psicoanálisis en España. Es por ello que me alegró
leer en el manifiesto "Por una coordinación psi"
que se vea en la nueva configuración de la dimensión
psi en Francia como "una ocasión de ayudar de un modo
efectivo a los colegas de otros países a salir de los impases
en los que se hallan actualmente atrapados".
Las puertas de la formación
psicoanálitica
Después de la Segunda Guerra
Mundial, el meridiano de la clínica psi se desplazó
de Centro Europa a París, cruzándose sobre el terreno
con lo que Jean Claude Milner ha llamado "el periplo estructural"
(3) (Saussure, Jackobson, Barthes, Dumezil, Lévi-Strauss).
En Lacan se anudan esas dos tradiciones. Su impacto no tardó
en extenderse por el mundo.
Desde finales de los '70, hasta hoy, son innumerables los profesionales
psi (psiquiatras, psicólogos clínicos) y otros profesionales
españoles debidamente licenciados que viajan a París
y otras ciudades para proseguir su formación dentro del psicoanálisis.
Ellos asisten a espacios de formación clínica, se analizan,
evalúan sus análisis a partir de los dispositivos ideados
por Lacan, testimonian de su formación, controlan su práctica,
siguen cursos altamente especializados en la Universidad, hacen sus
DEA, también sus Doctorados, asisten a las presentaciones de
enfermos en el Hospital, participan en los congresos y las jornadas
de estudio, esto en una evaluación continuada sin par, de la
que obtienen los instrumentos clínicos y éticos para
un mejor desempeño de su función en la práctica
pública y privada.
Además de esa formación y evaluación continuada,
estos profesionales de mi país, en cuyo nombre me permito hoy
hablar aquí, han podido acceder también a lo más
seguro que tenía la clínica: al decir de Lacan, el psicoanálisis
se lo debe a la clínica psiquiátrica. Así, pudimos
acceder no sólo a la clínica freudiana de la neurosis,
la psicosis y la perversión, sino a la gran tradición
semiológica procedente de De Clerembault, Chaslin, Seglas,
Magnan, Guiraud, Guislain y tantos otros.
También pudimos participar de la innovación clínica
procedente de la última enseñanza de Lacan, que sigue
renovándose a partir de las Jornadas de las Secciones Clínicas
en Francia -la llamada "Clínica de los inclasificables",
impulsada por Jacques-Alain Miller en Angers, luego en Arcachon y
Antibes (4). Toda este tesoro eminente de la clínica francesa
es hoy conocido, traducido y estudiado fuera de Francia gracias a
Lacan y a sus discípulos
Por otro lado, la enseñanza
del psicoanálisis mantiene vivo, a partir de Freud y, después,
con la tesis de doctorado de Lacan, en 1932, lo mejor del espíritu
de la clínica alemana: Griesinger, Kraft-Ebing, Kraepelin,
Bleuler, Kretschmer, Neisser, etc. serán autores estudiados
con detalle por los españoles que han se forman en el rigor
de la clínica (5).
Dicho esto, la enmienda Accoyer se me antoja suicida: toda esta tradición
clínica elaborada en Francia sería echada por la borda
o, en el mejor de los casos, condenada al cuarto trastero, como la
"fachada de Comares". A veces, pareciera que la enmienda
Accoyer se hubiera inspirado en las teorías del gran "filósofo"
norteamericano, Donald Rumspfeld, en su referencia a "la vieja
Europa". Porque la enmienda Accoyer supone asestar un golpe mortal
de la gran clínica europea, a favor de un pragmatismo aséptico.
La enmienda Accoyer, si triunfara, sería, a mi entender, una
catástrofe para ese legado de la cultura francesa que debe
seguir siendo conocida. A la "medicalización" progresiva
de la psiquiatría no le va ni le viene. La clínica medicamentosa,
de imponerse, llevaría toda ese tesoro clínico al trastero.
En esta perspectiva, los españoles, en el futuro, igual que
otros colegas europeos, no verían motivos para ampliar su formación
en estas referencias. A medio plazo, los lazos de trabajo que antaño
se forjaron, se verían debilitados. El "sacrificio inútil"
-para usar la feliz expresión de Jean Duvignaud (6), aunque
nada festivo-, sería el legado dejado por la enmienda Accoyer.
En el surco de esa legislación sólo brotará la
misma flor que ya existe en la psiquiatría del DSM, que tiene
acogida en un parte mayoritaria de la psiquiatría española,
no precisamente la mejor. Una psiquiatría más bien ignorante
respecto al psicoanálisis y especialmente atrasada desde la
dictadura franquista.
Los profesionales del mañana se tendrán que resignar
a lo que hoy es cada vez más la moneda corriente: seguir el
sendero trazado por los Congresos que organizan los grandes laboratorios
farmacéuticos. Recomendaría, si el diputado Accoyer
tuviera un poco de tiempo, en medio de tanto furor legislador, la
refrescante lectura del libro de David Haley (7), para que compruebe
cómo la ciencia misma puede llegar a ser una ideología.
El 11 de Septiembre de 1899
En el ataque del Sr. Accoyer a las
formas de charlatanería queda olvidado lo que sabemos de la
naturaleza misma del síntoma (8). No debería olvidarse
lo que Freud presentía, en una carta del 11 de septiembre de
1899: la naturaleza charlatana del síntoma. Es Lacan quien
llama la atención de esa carta en "La dirección
de la cura", después de señalar que "el deseo
se articula en un discurso bien astuto"(9). Freud deplora las
desviaciones, las torsiones del objeto de estudio por comparación
con un ideal del discurso científico, y afirmaba que se había
visto obligado a ellas por su objeto". En otras palabras: el
objeto es idéntico a esos meandros, a esos caminos tortuosos.
El objeto de su estudio, le lleva por la vía de lo ingenioso,
la búsqueda de imágenes, de disgresiones. Es cierto,
dice Freud, que el soñante es demasiado ingenioso, "pero
-agrega- ni es culpa mía, ni es un reproche". Si los síntomas
son charlatanes, y los soñantes son incurablemente ingeniosos,
lo son por necesidad, es decir, "porque se encuentran en el aprieto
de tener cerrado el camino recto". En definitiva, hay un real
que habla y que miente, lo hace por desplazamientos y condensaciones.
Es exactamente el mismo procedimiento que siguió Emilio García
Gómez para descifrar el síntoma de la "fachada
de Comares", el mismo método que empleó Jacques-Alain
Miller en el desciframiento de la enmienda Accoyer, haciendo aparecer,
por ejemplo, tras los cambios de íes y oes, la naturaleza charlatana
de la enmienda-síntoma y poniendo de relieve la ideología
que la alimenta: un buen sentido, escéptico y técnico,
recubierto por un ideal anestésico que, al final, no puede
diferenciar entre el semblante y lo real.
El sujeto y su evaluación
El hecho que Lacan condujera su lucha por el psicoanálisis
en nombre de la ciencia y se esforzara, especialmente por su vía
del matema, en sustraerlo de la degradación obscurantista,
religiosa, que la transferencia hace posible, impuso a los psicoanalistas
una exigencia de rigurosidad. Nos mantenemos legítimamente
en esa orientación, pero sin que ello suponga que debamos dejarnos
impresionar por las reivindicaciones y proclamas de cientificidad
que proliferan en nuestros días. La susodicha cientificidad
se ha convertido, hoy en día, en un reclamo comercial. Cualquiera
puede invocarla hoy para vendernos cualquier artilugio. Se la utiliza
para fabricar un sujeto supuesto saber ahí donde no hay el
menor saber, siendo por tanto la coartada de la impostura.
Las neurociencias quizás sean ciencias, pero no del sujeto
(10). Por su parte, el psicoanálisis no es una ciencia, sino
una práctica, un lazo social, que trata del sujeto. Es por
ello que es muy difícil, a partir de esto, que se produzca
un encuentro entre ambas. ¿Sueñan las neurociencias
en reducir el sujeto a su cerebro? Ciertamente, pero su sueño
no es la ciencia. El psicoanálisis no se reivindica como ciencia,
es una práctica, racional, estructurada y que tiene en cuenta
la novedad que Freud introdujo en el campo de la razón. No
siendo una ciencia, el psicoanálisis mantiene los ideales de
transmisibilidad y demostrabilidad de la ciencia y no se propone menos
que ella alcanzar la certeza, aunque ello sea por la vía de
una experiencia singular. ¿Cómo defender esa singularidad
cuando se le piden resultados estadísticos?
Las estadísticas son útiles allí donde se opera
con regularidades. Si tomamos los síntomas en su vertiente
fenomenológica, existen regularidades contabilizables. En el
psicoanálisis, sin embargo, se apunta a otro nivel, que es
más bien el de la máquina de fabricar síntomas.
En última instancia, no se excluye que un analista mantenga
un registro de las fobias, obsesiones, etc. que ha curado, pero ello
no tendría ninguna utilidad, ya que de lo que se trata es de
saber el destino que se deja al sujeto. Tómese, por ejemplo,
el caso del "Hombre de las Ratas", a partir de la lectura
que hace Lacan: Freud lo da por curado porque ya no padecía
más su obsesión y, si bien fue un enorme éxito
terapéutico, el sujeto sigue enfermo de la vida y del deseo.
¿Qué nos proponen en este registro los evaluadores estadísticos?
La falta de estadísticas no es pues la ausencia de evaluación,
es por eso que para nosotros es crucial, en este nivel, pensar los
controles de la práctica de los analistas y el dispositivo
del pase ideado por Lacan, como la buena manera de situar la evaluación
continuada de la práctica psicoanalítica.
Nada más, por el momento. Hoy, he querido únicamente
hacerles saber del perjuicio que la enmienda Accoyer puede causar
a los practicantes que eligen formarse en una Francia que, gracias
al Doctor Jacques Lacan, fue vanguardia para varias generaciones y
que ahora corre el riesgo de pasar a los cuarteles de invierno
Vicente Palomera
13 de diciembre de 2003
_____________
Notas:
(1) Miller, J.-A., Carta a B. Accoyer, París, noviembre 2003.
(2) García Gómez, E., Foco de antigua luz sobre la Alambra,
Madrid, 1988.
(3) Milner, J.-C., El periplo estructural, Amorrortu, Buenos Aires,
2003.
(4) Miller, J.-A., Los inclasificables de la clínica, ICB-Paidós,
Buenos Aires.
(5) Álvarez, J.M., La invención de las enfermedades
mentales, Ed. Dor, Madrid, 1999.
(6) Duvignaud, J., El sacrificio inútil, F.C.E., México,
1979.
(7) Healy, David, The Antidepressant Era, Harvard University Press,
1997 (hay traducción francesa: Les temps des antidépresseurs,
Les Empècheurs de penser en rond/Le Seuil, Paris, 2002.
(8) AA.VV., El síntoma charlatán, Textos reunidos por
la Fundación del Campo freudiano, Piados, Buenos Aires, 1998.
(9) Lacan, J., Escritos, Siglo XXI, p. 600, nota 17.
(10) Véase el diálogo entre Horacio Etchegoyen y J.-A.
Miller en: Silencio roto, ed. Eolia, Barcelona, 1996.
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