LA CRUZ DEL ANALISTA *

Hilario Cid Vivas

Málaga

 

 

Voy a hacer una breve reflexión sobre la formación del analista a partir de un curioso dato: de los seis AE y ex - AE de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis del Campo Freudiano, antigua EEP- España, el 100% ha sido antes AME que AE, existiendo entre el nombramiento de AME con respecto al de AE una diferencia que oscila entre los cinco y los diez años.
Un dato ofrece muchas y variadas lecturas o interpretaciones. Sólo tendré en cuenta dos consideraciones a partir de ese dato. En primer lugar, se evidencia una vez más, que la situación respecto al analizante y al practicante no es la misma en la actualidad que cuando Lacan propuso el Pase a su Escuela hace treinta y cinco años. Debido a la incidencia del propio pase en los análisis ya no podemos oponer tajantemente la condición de analizante a la de analista. Por supuesto que son estructuralmente distintas las dos posiciones, pero me refiero a que, debido a la larga duración de los análisis en la actualidad, se ha perdido, y quizás para siempre, lo que en tiempos de la Proposición era la regla, es decir, esperar a terminar el análisis para establecerse como analista. Se da por tanto, y con bastante frecuencia la figura del analista que sigue siendo analizante, no diré en sus ratos libres, sino de una forma regular.
La otra consideración es que este dato nos revela, es que aquí no se trata de autodenominados practicantes, sino nada menos que de nominados AMEs. Es como si estos casos nos ofrecieran la particularidad de poder, al menos considerar, una cierta articulación de la posición de analizante y la posición de analista sin que la cosa chirríe demasiado.
Es cierto que el dato del que parto hay que matizarlo diciendo que en estos casos, ha habido una más o menos larga trayectoria antes de acceder a lo que podemos llamar un psicoanálisis lacaniano, como evidencia otro dato que podemos constatar también, y que es, que ser primero AME y después AE suele excepcional en la ECF. Lo cual no invalida la oportunidad de trabajar con el "material" que ha producido la ELP.
Volvamos a la primera consideración. Un efecto de que el analista practicante siga todavía en análisis es que durante un tiempo su práctica misma forma parte de su análisis. No me refiero al control, sino a que el analista practicante- analizante, puede tratar en su análisis, como parte de su análisis, la problemática subjetiva que le pueda ocasionar su propia práctica. Este efecto hace resaltar la perogrullada de que uno hace su análisis con su analista y se opone radicalmente a todo lo que es analizarse a través de su propio paciente. Sólo por esto valdría la pena el que hoy los análisis duren tanto.
En este análisis de su propia práctica, el analizante- analista, podrá ir diseccionando su posición, pues es necesario secar cualquier goce en la práctica como analista (1). Así puede ir viendo, entre otras cosas, como a falta de un atravesamiento del fantasma, éste puede convertirse en referente para su propia práctica.
Hay que aclarar que no estoy sosteniendo la tesis de un control de la subjetividad del practicante. En absoluto. Se trata, de que debido al efecto lacaniano de que el análisis tiene un final, los que deciden ser analistas y quieren llegar hasta el fin, más allá de una solución terapéutica, el consiguiente alargamiento del análisis hace que puedan ocupar al mismo tiempo la posición de analizante y la de analista.
Pero no creo que esta problemática nos lleve mucho más allá de ratificar la tensión entre la posición de analizante y la de analista, así como a poder rechazar de forma lógica, la posibilidad de la continuación de su análisis en la práctica que ejerce.

Mucho más interesante me parece la consideración de la secuencia primero AME, después AE. Es como si esto nos diera la posibilidad de un anudamiento entre la posición de analista y la de analizante en un mismo sujeto. De hecho incluso es el ideal lacaniano, pues Lacan nunca dejó de sostener su posición de analizante en su enseñanza.
Y es que en efecto, algo une a la posición del analizante con la del analista, al menos con el analista no infatuado, no desengañado. Se trata de la ignorancia, y más concretamente de la pasión de la ignorancia.
J.A. Miller desarrolla de una forma inédita esta cuestión en su curso del 4 de marzo de 1987 (2).
Si tomamos en serio lo que J. A. Miller sostiene en ese curso, la pasión de la ignorancia es la condición para el establecimiento del sujeto supuesto saber, "en efecto, el sujeto supuesto saber es correlativo a esta pasión de la ignorancia" (3). Es decir, es la condición para que pueda haber un psicoanálisis, pues sabemos desde Freud que sin transferencia un análisis no es posible.
J. A. Miller llega incluso a afirmar :"lo que propongo aquí es que el pase sea la verificación de la pasión de la ignorancia" (4). Esto nos abre la interesante posibilidad de si no es posible también verificar en un analista practicante la pasión de la ignorancia, por ejemplo para nombrarlo AME. Es al menos una vía de investigación.
Porque la pasión de la ignorancia, tal como la desarrolla J. A. Miller, no es sino una relación con el saber, incluso una avidez de saber. Me atrevería a decir que es un nombre del deseo del analista.
Podemos considerar dos caras en la pasión de la ignorancia, una es que la pasión en sentido aristotélico, implica una afectación, es un pathos, una afecctio, lo cual nos muestra una posición de sujeto, barrado por supuesto, en el analista. Pero también, si consideramos a la pasión de la ignorancia como "el saber hecho conjunto vacío" (5), tenemos que la pasión de la ignorancia en tanto conjunto vacío es el molde topológico del objeto (a), lo cual apunta a una articulación entre la pasión de la ignorancia y la posición no sólo como sujeto, sino también como objeto (a ) del analista.
De todos modos, lo más evidente que la pasión de la ignorancia produce en el analista, es un efecto sujeto, en cuanto le hace sentir la falta en su saber. Es distinta, no obstante, a la pasión del neurótico en tanto falta en ser (6).
La pasión de la ignorancia como falta en el saber, es lo más antinómico, lo más contrario, de esa posición de infatuación y suficiencia que puede tener un analista, cuando se confunde él mismo con el sujeto supuesto saber. Podríamos decir, que la pasión de la ignorancia es el antídoto a esa posición tan denostada por Lacan.
La pasión de la ignorancia pone una y otra vez al analista en posición subjetiva de analizante, pues descompleta su saber introduciendo la falta. Pero si ella es necesaria para el establecimiento del sujeto supuesto saber en la práctica psicoanalítica, también lo es para la formación del analista más allá de su propio análisis, ya que es condición para la adquisición de un saber nuevo el que exista el vacío donde alojarlo. Tendríamos así, que por una parte la pasión de la ignorancia daría lugar al sujeto supuesto saber, y por otra a la transferencia de trabajo. Lo cual nos puede señalar una dirección para seleccionar al AME, ya que la pasión de la ignorancia genera transferencia tanto para acoger a un candidato a análisis como para producir una transferencia de trabajo que puede incidir en la formación de los analistas.
Esta pasión de la ignorancia (vacuna anti SAMCDA), es precisamente, la que si se la toma en cuenta no deja reposar al analista, siendo por tanto no sólo el motor de su análisis, sino el motor de su formación como analista. También podemos decir que es su cruz.



(*). Este artículo, en francés, ha aparecido en el nº 52 -noviembre 2002- de La cause freudienne. Revue de Psychanalyse.

Notas.
1. Cf. Jacques Lacan. Autres écrits p. 520. Ed. Seuil. Paris 2001.
2. Jacques Alain Miller. Los signos del goce. Ed. Paidós. Buenos Aires 1998.
3. Ib. P. 221.
4. Ib. P. 223.
5. Ib. P. 221.
6. Cf. Ib. Capítulo V.

 

 

 

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