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EL PSICOANALISTA EN LA INSTITUCIÓN

Pilar González Pedraza

  

 

Tengo que decir, que siempre he pensado que la práctica institucional se ordena con demasiada frecuencia en función de la rutina establecida, por lo que en cierto modo es lógico que cualquier elemento que atente contra dicha rutina pueda ser considerado como un peligro para su buen funcionamiento.

El psicoanálisis por su esencia y sus principios puede ser considerado como un elemento perturbador; por lo que el analista que trabaja en la institución se encuentra en una posición ambigua. Por una parte, formando parte de un discurso que se presenta como Otro absoluto, en el cual los síntomas son tratados desde el lugar del Amo, lugar que da las significaciones para los mismos, no dando opción al sujeto del inconsciente para elaborar sobre su malestar; y por otro lado, el discurso analítico, discurso que se sustenta en la creencia del inconsciente, inconsciente estructurado como un lenguaje, del cual, solo el sujeto desde la perspectiva del uno por uno puede dar cuenta.

¿Cuál puede o debe ser la posición del analista dentro de la institución? Desde mi punto de vista, pueden ocurrir dos cosas, que en su trabajo en la institución el analista se limite a responder a las demandas de la misma, o bien que trate de mantenerse en el discurso psicoanalítico con lo que automáticamente se convierte en síntoma de la institución, posición que nunca es fácil, ya que encarnar al síntoma puede llegar a ser bastante difícil de soportar.

Quizás es este uno de los motivos por los cuales considero que la Escuela creada por Lacan es de vital importancia, ya que reúne a los profesionales del psicoanálisis ofreciendo un lugar de encuentro donde analizar, compartir y trabajar todos estos aspectos; procurando evitar los posibles efectos de segregación que se puedan producir. Creo que esta pregunta apunta a la ética del psicoanalista y que sólo desde las dificultades, o posibilidades de éste puede ser respondida.

Desde el punto de vista de la política, entendiéndose ésta como la orientación o directriz que rigen la actuación de una persona o entidad en un asunto o campo determinado, pienso que ésta debe de ir encaminada a la consecución de poder llevar a cabo la clínica, siempre que sea posible y siempre que el lugar de trabajo lo permita. Lo cual voy a tratar de articular a través de mi experiencia personal en un Centro de Atención Temprana.

En dicho Centro se atiende a niños de distintas edades con problemáticas muy diversas. Estoy contratada como profesora de E.G.B. aunque realmente mi función es lo que se denomina educadora. Vengo realizando este trabajo desde hace más de once años, es decir desde un tiempo anterior a mi encuentro con el psicoanálisis.

Como es de suponer, mi trabajo lo realizaba desde una perspectiva totalmente dirigida por los programas vigentes en el mercado cuyo fin consiste en alcanzar unas metas prefijadas, como acercamiento a los límites llamados de normalidad; sin embargo estos programas chocan con una realidad que los transcienden, la negativa de algunos niños a realizarlos.

Hace aproximadamente siete años, se produce mi encuentro con el psicoanálisis, encuentro afortunado tengo que decir. Comenzando mi análisis personal y mi formación como analista sin plantearme en principio ningún cambio en mis perspectivas de trabajo. Sin embargo hace alrededor de un año, se presentó en el centro un caso que por sus características y su dificultad —se trataba de un caso de posible psicosis, con fuertes ataques de angustia, con una historia personal y familiar dramática, en la que habían tenido lugar numerosos abusos sexuales— me empujó a operar desde el discurso analítico, ya cualquier intento de hacerlo desde otra perspectiva se presentaba prácticamente imposible.

Es a partir de ese momento, que el discurso analítico adquiere para mí un relieve que lo convierte en un método de trabajo cada vez más necesario, ya que mi panorama de los síntomas había virado de forma irremediable; y donde antes percibía trastornos catalogados según unos criterios fijos, desde ese momento me era imposible no apreciarlos como manifestaciones del inconsciente, manifestaciones que se reflejaban en dichos síntomas, los cuales haciendo honor a la definición de Lacan se manifiestan con bastante asiduidad en trastornos de lenguaje.

No puedo negar que a veces la perspectiva psicoanalítica crea resistencias y puede generar dificultades de trabajo en la institución. Pero quizás la respuesta que Freud le da a Theodor Reik con respecto a la solicitud por parte de éste de ayuda para solucionar las dificultades que el ejercicio del psicoanálisis le crean es lo bastante ilustrativa como para suponer que dichas dificultades formarán parte del psicoanálisis y de todos aquellos que apuesten por llevarlo a la práctica.

La respuesta de Freud es la siguiente: «Estoy dispuesto a ayudarle en cuanto me llegue la noticia de que puedo disponer de la omnipotencia de Dios. Entretanto, usted deberá seguir trabajando contra viento y marea».

 

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