| POLÍTICA DEL PASE A LA ENTRADA (clínica
y ética del analizante) Adolfo Jiménez Hernández |
Introducción. Esta comunicación toma sus puntos de apoyo en esa nueva experiencia del G.E.A. que hemos dado en llamar "Conversaciones de Antequera" y que no ha dejado de evocarme los antiguos "Coloquios" de la Coordinadora del Campo Freudiano en Andalucía. Aquellas primeras conversaciones que mantuvimos los andaluces y que tanto tuvieron que ver con la creación del G.E.A. dentro del movimiento hacia la Escuela. Es interesante destacar además que el éxito de estas conversaciones se deban en gran parte a la eficaz iniciativa del actual Secretario de Intercambios y Carteles, nuestro colega de Córdoba, Rodolfo Pujol, que sin embargo no participó en aquellos coloquios por haberse incorporado al G.E.A. más tarde. Lo que me permite recordar que fue en Córdoba precisamente donde tuvo lugar el primer "Coloquio de la Coordinadora". Hay entonces para mí, hoy, en Antequera, algo de continuación y de retorno de una conversación andaluza. Y son tres los puntos de apoyo, o pretextos tomados de esa conversación, que dan pie a esta intervención de hoy. He aquí el trípode: En primer lugar, el rechazo casi general que se produjo al adscribirme a una proposición que era de Carmen Ribés y que señalaba la identidad estructural entre el pase a la entrada y el pase a la salida. Identidad en la que voy a insistir. En segundo lugar, el debate seguido con Hilario Cid a propósito de la falta de creencia en el inconsciente por parte del analista. Aduje entonces que Lacan se quejaba, precisamente, de que los psicoanalistas no creyeran en el inconsciente. "Para reclutarse", me contestó completando la cita. Y del reclutamiento es de lo que hablamos cuando evocamos el pase a la entrada. Por último tercera pata del banco otra falta. Pero, en este caso, una falta manifiesta: la ausencia definitiva de la "Nota a los italianos" en las citadas conversaciones de Antequera. Nota en la que, como se sabe, Lacan propuso el pase (llamado ahora de salida) a la entrada. Nota que será, en la versión que tradujimos en los Cuadernos Andaluces del Psicoanálisis nº 6, de la que extraeremos la mayor parte de nuestros argumentos. 1. Política del pase a la entrada. Entonces, para abordar la primera parte de esta exposición, "La política del pase a la entrada", comenzaremos por comentar la política del pase a secas. a) Política del pase. (1967) Creo que estaremos todos de acuerdo (pienso que es eso lo que nos agrupa en la Escuela), en que la proposición del pase corresponde a la culminación de la política del psicoanálisis lacaniano. No podemos olvidar que el acto analítico, el acto por antonomasia, el paso de analizante a analista, es puesto por Lacan en el corazón de la experiencia del psicoanálisis. Como su causa final, me atrevería a decir. Y aun reconociendo que con esta expresión de "causa final" corremos el riesgo de deslizar la concepción de la experiencia analítica hacia una experiencia religiosa, no concibo de mejor manera el llamado deseo del analista que como el deseo de que lo haya (el analista), siendo idéntico al que lo habita (al analista): El deseo de que ese acto se produzca y el deseo que lo produce, que lo causa. El deseo implicado en la causa analítica, el deseo de Freud y el deseo de Lacan. Pudiéndose definir el psicoanálisis como la puesta en acto del deseo del analista. Es cierto que a lo largo de su enseñanza Lacan define dicho deseo de diversas maneras, pero todas me parecen compatibles con aquél que se cumple en el acto. Como el deseo de obtener la máxima diferencia o como ese inédito deseo de saber, más allá del horror (del suyo propio), al que hace referencia en la "Nota a los italianos" cuando afirma que "no hay analista sino que ese deseo le venga". Advenimiento que será "...la condición cuya marca debe llevar el analista en el devenir de sus aventuras". Deseo que anuda su ética con su política. De tal manera que si su política consiste en la puesta en acto del deseo del analista, según acabamos de definir su deseo, su ética consistirá en no retroceder ... ante esa política. Pero el dispositivo del pase no es el momento del pase, sino su verificación. Con la nominación de A.E. no se autoriza al analista, sino que se designa la verificación de que ese analista uno en concreto no se autoriza más que por él mismo. Razón por la cual, para enunciarlo, preferimos el galicismo de la proposición negativa que pone el acento en el hecho de que "no se autoriza" en ninguna otra cosa. "En efecto dice Lacan en "Sobre la experiencia del pase" (1973), el pase permite a alguien que piensa que puede ser analista, a alguien que se autoriza él mismo a ello, o que está a punto de hacerlo, dar a conocer qué fue lo que lo decidió, e introducirse en un discurso del cual pienso que por cierto no es fácil responder." Con su proposición del pase, Lacan invita a aquél que terminó su análisis (que hizo la experiencia del acto), a hacerse "analista de su propia experiencia". Redoblamiento del acto que obedece a un forzamiento lacaniano del deseo del analista. b) El pase a la entrada. (1974) Como se sabe, en la "Nota a los italianos" de 1974, Lacan propuso el principio del pase como medio de reclutamiento para los miembros de una futura escuela italiana "...corriendo el riesgo de que no haya". Ese principio lo enuncia también allí, es precisamente el de que "el analista sólo se autoriza por él mismo". Y su propuesta radical recomendaba al grupo italiano "velar por que sólo haya analista para autorizarse por él mismo". "Si conviniera, pese a todo, que sólo analistas funcionaran, tomarlo como meta sería digno del trípode italiano". Sabemos que eso no ocurrió, pero también que JacquesAlain Miller lo propuso quince años más tarde a la Escuela Europea de Psicoanálisis, que convino en adoptarlo. Ahora tenemos esa experiencia y podemos congratularnos de que haya un número de miembros del G.E.A. que han entrado en ella por el pase. Pero este pase a la entrada, tal como se presenta, no parece inspirado en ese principio de "el analista se autoriza por él mismo". En su funcionamiento, no trata de verificar que hay analista en el candidato, sino que éste ha emprendido un análisis poniendo a prueba su propio testimonio. Este sentido es el que nos mostraba Hilario Cid en su conferencia de clausura de las pasadas Jornadas cuando distinguía el pase a la entrada como la verificación de que "hay análisis" y, en el pase a la salida, de que "hay analista". Punto en el que incidía como discrepancia nuestra hipótesis en la Conversación de Antequera, de que también en el pase de entrada "hay analista". Una frase de Lacan, tomada precisamente de la nota italiana, parece venir a refutarnos. Tras mencionar la condición necesaria del analista de saber ser un desecho, concluye: "si no le ha llevado al entusiasmo, puede muy bien haber habido análisis, pero para nada analista". Es decir, que puede muy bien haber análisis y no analista. ¿Es posible entonces un análisis sin analista? Podemos comparar este enunciado con otro tomado de su reseña del Seminario coetáneo a la "Proposición...", el Seminario XV sobre "El acto psicoanalítico", donde dice: "...el acto analítico lo vamos a suponer a partir del momento selectivo en que el psicoanalizante pasa a psicoanalista" (condición necesaria). "Aislado así a partir de ese momento de instalación, el acto está al alcance de toda entrada en análisis". Es decir, que al emprender la partida (como se expresa en la "Proposición..."), su final, por definición, se plantea como posible [esto es de que cese de escribirse] por el hecho de entrar en ella. Como objetivo a alcanzar, como causa final. Pero esa entrada contingente [que cesa de no escribirse] calificada por Lacan de "encuentro", la entrada en análisis, el encuentro con el "Significante cualquiera" (Sq), es la que sin embargo convierte en necesario [que no cesa de escribirse] al deseo del analista. Miller, en un artículo titulado "Psicoterapia y psicoanálisis" (La Cause freudienne, nº 22) Comentaba que se precisa un analista, para permitir la entrada en análisis. Por lo que concluimos en que no hay entrada en análisis sin acto analítico, que si el acto se juega en cada interpretación ("su deseo es su enunciación" dice Lacan del analista en la "Proposición..."), lo hace de forma privilegiada en el momento de pasar el umbral de la entrada en análisis. Hace una semana, en el Interfaz nº38, apareció la reseña de una reciente intervención de Lucía DAngelo que hoy nos acompaña en el espacio de la Escuela del Campo Freudiano de Barcelona "La Escuela y los A.E.". En dicha intervención, que defendía esta misma tesis, señaló que Lacan afirma expresamente en su Seminario del acto analítico, que el acto está implicado al principio de un análisis. Y aunque en la "Proposición..." Lacan coloca al inicio del análisis la transferencia como algo automático, como un algoritmo (no sin hacer notar que no va a dar cuenta en ese escrito de qué condiciona al analizante), en ella la transferencia, el analista no es un convidado de piedra por muy muerto que se haga. Porque pone en juego su deseo. Por el hecho de entrar en análisis, el analizante constituye al analista como sujeto supuesto saber, pero no es sino el deseo del analista el que lo permite, el que abre la puerta de entrada. Ese deseo que habíamos puesto en relación a la causa final y que supone, como necesario, que haya analista. El problema está en dilucidar dónde habita ese deseo ¿estará en Freud o estará en Fliess? Pero, donde esté, debe dejar su "marca". "Marca" del deseo del analista que debe "saber" encontrarse, también, en el pase a la entrada. Hay analista "porque funciona", viene a decir Lacan en la "Nota a los italianos". "Esta función continúa diciendo sólo hace probable la existencia del analista. Probabilidad suficiente para garantizar que lo haya." El problema, dirá más adelante, consiste en que esa probabilidad no lo garantiza "para todos". El pase a la entrada permite, si embargo, garantizarlo uno por uno. La Escuela está en condiciones de hacerlo y por lo tanto debe. JacquesAlain Miller, cuando propuso el pase a la entrada, habló de dicha marca: "Hay un tipo de marca, sí, que eventualmente es la del pase, que parece querer indicar que hay analista". Frase que sugiere con ese "que eventualmente es la del pase" que pueda ser detectada en otro momento. La cita es del nº 17 del boletín "Uno por Uno" y corresponde a su disertación conocida como "La pregunta de Madrid". c)La pregunta de Madrid. (1990) Al presentar dicha pregunta, el 17 de noviembre de 1990, Miller aseguraba que fue quince días antes, en Granada, cuando tuvo "la visión del problema" que le permitió plantear un pase a la entrada para la Escuela. Se refería a la sesión inaugural el 27 de octubre de 1990 del I Seminario del Campo Freudiano en Andalucía, en el que habíamos tomado como tema "La Escuela y su analista". Comentaba en dicha sesión el "Acto de fundación" recordando que Lacan dispuso para los miembros de la Escuela freudiana de París su entrada en ella por el trabajo y rescataba, al mismo tiempo, el término de "trabajador decidido" que tanto se puso en juego en la creación de la Escuela Europea de Psicoanálisis. Terminó contraponiendo esta forma de entrada con la propuesta, diez años después, en la "Nota a los italianos": la entrada por el pase. Habló pues de dos modos de selección externa de los miembros y también de los dos modos de selección interna de los analistas: A.M.E. y A.E. Y, además, durante el debate, contestando a una pregunta de Manuel Fernández Blanco sobre la imposibilidad de saber que recae sobre el analista del candidato, destacó que "el todo de la subjetivación de la experiencia puede estar del lado del analizante... [pero] generalmente el testimonio del analizante sobre su análisis no tiene ninguna garantía de verdad". Señalando de paso que, mientras existen relatos de curas llevados a cabo por analistas, "no hay relato de curas decía por parte de analizantes". Veinte días más tarde, en el "Coloquio Uno por Uno del Campo freudiano" de Madrid en el que formuló su pregunta, Miller puso en paralelo los dos modos de selección de los miembros y los dos títulos de la Escuela mediante este gráfico:
Para añadir seguidamente: "Me parece impresionante esta homología entre los dos modos de entrada en la Escuela y los dos modos de selección del analista dentro de la Escuela. De modo que ésta es mi pregunta: Si no sería un alivio prever no solamente un modo de entrada a la Escuela, sino dos modos [...], dejar la libertad a cada uno de saber si pide su entrada a partir de su trabajo hecho a favor de la causa analítica, o si quiere entrar en tanto analizado, que es el pase, teniendo como argumento que ha hecho o está haciendo [el subrayado es nuestro] un trabajo analítico, un análisis." Sin embargo, aunque no hemos encontrado documento escrito del debate que se produjo tras la pregunta, sí podemos dar fe los que allí estuvimos del empeño de Miller, a lo largo del largo debate, en cuanto a no rebajar ni un ápice el concepto de pase a la entrada con respecto al pase a la salida: el mismo pase, el mismo dispositivo, los mismos pasadores, los mismos carteles. Constituyendo la única diferencia la nominación de A.E. o su admisión como miembro de la Escuela. Antes de eso, ninguna distinta consideración para con los pasantes, puesto que solicitan el pase en tanto que analizantes. Que es como llama Lacan al pasante en su "Proposición...". Porque el enunciado "el pase a la entrada" no quiere decir que su objetivo sea, específicamente, el de verificar la entrada en análisis, sino que se trata de colocar el pase sin más adjetivo a la entrada. Es el pasante el que corre "el riesgo de que no lo haya", siendo la novedad de Miller la de aliviarlo con el nombramiento de miembro de la Escuela en tanto que analizante. Pero porque hubo analista. 2. Clínica y ética del analizante Pasamos entonces a la segunda parte de la comunicación que he titulado "Clínica y ética del analizante" pues, a mi entender, ambas se anudan en la experiencia del pase a la entrada. a) Clínica del deseo. No hará falta insistir en la dialéctica del deseo que se despliega en psicoanálisis. Pues bien, también el deseo de querer "devenir analista" (si puedo expresarme así), tendrá que ser puesto a prueba en él. "El análisis pondrá en duda ese querer dice Lacan en la nota adjunta al "Acto de fundación", conforme vaya acercándose al deseo que lo encubre". En su transcurso, en las vacilaciones de ese querer, tendrá la posibilidad de depurar ese deseo que debe animar al analista. Lo que sostiene su función e incluso el motor mismo de ella es una vez más, me parece, el deseo del analista. Deseo que el analizante, alienado en la transferencia, declinará (lo hará clínica) bajo la forma del Ché vuoi?. Deseo que habrá de probarse aún al final de la experiencia, cuando el analista que la sostuvo caiga como objeto de desecho y el analizado consienta en tomar el relevo, ocupando ese lugar destinado al desecho, cuando ya nada lo incita a ello sino más bien lo contrario ("¿Cómo puede ocurrírsele la idea de asumir el relevo de esa función?" se pregunta Lacan en 1976, en el "Prefacio a la edición inglesa del Seminario XI"). Y para hacer de ese paso una clínica invita al analista a "historizarse" en el pase. Eric Laurent, en un artículo publicado en el mismo número de los Cuadernos Andaluces de Psicoanálisis que la "Nota a los italianos", y que corresponde a un coloquio celebrado en Málaga, opone ética y terapia en psicoanálisis. Señalando en éste un fin ético más allá del terapéutico. (Es lo que llevó a Lacan a llamar "Psicoanálisis puro" al psicoanálisis "propiamente dicho" y "Psicoanálisis aplicado" a su reducción en terapéutico). En psicoanálisis dijo- no se persigue restituir (como pretende la demanda terapéutica) ningún estado anterior del sujeto (cf. la "Proposición..."), sino producir un objeto irreversible en el sentido más literal de la palabra (el topológico). Un objeto irreversible (como el objeto a) que llamamos psicoanalista. Y si, como defendíamos antes, en el pase se produce un redoblamiento del acto (del paso de analizante a analista), también se redobla el acto de entrada por el hecho de consentir en el deseo de hacer la prueba del pase. Lo que permite depositar en la Escuela el inestimable testimonio de una experiencia clínica. Experiencia que, eventualmente, podrá ser comparada con el testimonio del pase llamado "de salida". Y que el sujeto consienta en ello, supone de entrada una elección ética. b) Ética del saber. Con el dispositivo del pase se anudan por tanto, y también a la entrada, ética, clínica y política. Pues se trata de "hacer avanzar el psicoanálisis" apelando a una elección ética del analizante. Veamos de qué ética se trata. En el citado Seminario andaluz sobre "la Escuela y su analista", que queríamos haber editado para estas Jornadas pero que la política editorial del G.E.A. no lo permitió, Miller recordaba que Lacan anticipaba ya el pase en 1964, en el preámbulo del "Acto de fundación", cuando argumentaba que "hay empero un punto en que el problema del deseo no se puede eludir, es cuando se trata del analista mismo." Lo que exige, continúa diciendo más adelante, "...el encuentro de lo más valedero de una experiencia personal con aquellos que la conminarán a confesarse, considerándola un bien común". Es lo que puso en juego, tres años después, con su Proposición para el Analista de la Escuela. Pero, entre la entrada y la salida, está el analizante. ¿Por qué no invitarlo igualmente a considerar su experiencia un bien común, atestiguando con su deseo? Esa es en definitiva la propuesta ampliada de Miller. Y es lícito que nos preguntemos qué puede mover a un analizante a consentir en ofrecer su experiencia personal a ese "bien común". Hemos de suponer que las respuestas particulares serán muy variadas, pero de nuevo todas parecen subsumibles al deseo del analista por estar referidas estructuralmente a un Ché vuoi?, en este caso imputado a la Escuela. Con su oferta, la Escuela provoca la demanda del sujeto. ¿Y qué le mueve a ello? ¿Cómo se presta, antes del fin de su análisis, a atestiguar de lo más íntimo de su experiencia, en aras de un "bien común", a una Escuela a la que aún no pertenece? En tanto que analizante movido por un deseo de saber bajo transferencia se trata de un imperativo ético relacionado con el deseo del analista. Transferencia de trabajo a la que no es ajeno el analista si, como insinúa Lacan en su "Prefacio a la edición inglesa del Seminario XI", consiente en "historizarse" (que Lacan escribe con y griega poniendo en paralelo "historizarse" e "histerizarse"), esto es volver a la posición analizante para volver a hacer un analista. Movido por ese deseo encaminado a superar el propio horror al saber del que se trata, su ética será pues la de no retroceder, la de consentir, al deseo de saber. Deseo de saber que es condición necesaria de la posición analizante y que implica, por lo tanto, una ética de saber. Pero de igual manera que el analista, en su maniobra, ha de dejar en libertad al analizante para decidir si quiere lo que desea, Miller nos sugería, en la pregunta de Madrid, que esta segunda modalidad de entrada permitiría "dejar la libertad a cada uno" para decidir por cuál de las dos desea entrar. Y tras la creación de la Escuela del Campo Freudiano de Barcelona hemos conocido que una buena cantidad de los entrevistados han manifestado su intención de hacer el pase a la entrada aun en el caso de ser nombrados miembros por la vía del trabajo. Lo que nos permite comprobar que, afortunadamente, una entrada no impide la otra. Y también en el tan citado Seminario del Campo Freudiano sobre "La Escuela y su analista" (en este caso en respuesta a una pregunta de Hilario Cid), Miller propugnaba ya en 1990 la posibilidad de hacer permanente el título de Analista de la Escuela para corregir lo que, en su opinión, produce un cierto desequilibrio en ella: "Están los Analistas Miembros de la Escuela decía que son los analistas supuestamente experimentados y que no tienen el contrapeso de la nominación a través de la vía del pase, no tienen un contrapeso permanente, tienen un contrapeso transitorio". Por lo que, como último punto de esta segunda parte dedicada al analizante, quisiera tocar uno que me parece candente: la relación de los A.M.E. con el pase. c) Los A.M.E. y el pase. Hay sin duda una tensión entre los títulos de A.M.E. y de A.E. que Lacan no desconocía. Así la plantea en la nota italiana: "El analista llamado de la Escuela, A.E., se recluta desde entonces por someterse a la prueba llamada del pase a la que nada le obliga sin embargo, porque la Escuela delega también en algunos, que no se ofrecen para ello, a título de analistas miembros de la Escuela, A.M.E.". Con lo que parece presentar el título de A.M.E. como contrario al de A.E. por el hecho de aliviar de obligación alguna en cuanto a presentarse al pase. Mas, aunque desde cierto punto de vista parezca que se trata de poner el acento en la libertad del candidato, debemos recordar que esta cita se encuentra en un documento en el que Lacan decide todo lo contrario: en vez de dejarlo en libertad, hacerlo obligatorio. Y el valor que otorga a dicho título de A.M.E. viene marcado por su relación con el analista (aquél que sólo se autoriza por él mismo) y a quien, en consecuencia, "poco le importa dice más adelante una garantía que sin duda mi escuela le da con la cifra irónica de A.M.E. No opera con eso". Nada que ver entonces el uno con el otro, la Escuela garantiza, sin duda, al A.M.E., pero no es esa autorización, ese título, lo que lo hace operar. El A.M.E., en nuestra Escuela, ha terminado ocupando una función similar a la que en las Sociedades Psicoanalíticas detenta el didacta, cuya designación Lacan definía como de una "cooptación de sabios" [La traducción de la "Proposición..." traduce erróneamente como "coaptación" el término francés de cooptation (Cf. Scilicet, nº1, p. 17)]. Y su garantía, la que la Escuela le da, viene avalada por una experiencia que ha dado pruebas de suficiencia (les ahorro la función que Lacan acordaba a la suficiencia en "Situación del psicoanálisis en 1956"). Aunque habremos de matizar que en la Escuela de Lacan se pone un acento especial en que se trate de una práctica acorde con la enseñanza que ésta dispensa. Por los testimonios que éste ha ofrecido en su seno. Podemos decir que mientras el A.E. se hace reconocer como tal y por eso lo demanda, el A.M.E. es autorizado sin pedirlo por la Escuela, por medio de un órgano denominado "Comisión de la garantía" que la E.C.F.B. poseerá. Pero ¿cuáles son o cuáles serán, los criterios de designación? En la primera versión de su "Proposición del 9 de octubre de 1967...", Lacan imponía al jurado de confirmación "...el deber de contribuir a los criterios de terminación del psicoanálisis didáctico". Y recientemente, en el último Colegio del Pase, Miller hablaba de los ya famosos tres criterios con sus dificultades para la nominación de A.E.: clínico, político y epistémico. Aun tratándose de criterios orientativos, podríamos tratar de aplicar tales criterios a la designación de los A.M.E. y al perfil que presentan. En primer lugar el criterio político. La primera razón de ser del A.M.E. responde a una exigencia política interna a la Escuela: la de garantizar una práctica propia. Pero también obedece a una cierta política exterior que viene marcada cada vez más explícitamente por la política del Estado bajo su forma moderna de los derechos del consumidor: la de un título que garantice una aptitud. Se trata de una garantía a posteriori según los términos que hemos puesto en funcionamiento: de que ha habido analista por el hecho de que ha funcionado. ¿Pero en base a qué se decide tal cosa, si no es en tanto a lo que él dice que es su práctica, es decir en tanto que él mismo analizante? No trato de rebajar con eso su testimonio, pues el mismo Lacan, en su enseñanza, decía no estar en otra posición que la de analizante y lo mismo dice del que se somete a la prueba del pase. Lo que quiero resaltar es que, incluso refiriéndose a la ética del bien decir, no hay que olvidar que se trata de un "decir", esto es de la articulación significante: Criterio epistémico, por lo tanto. Los A.M.E. son reclutados como sujetos supuestos saber (cuadrándoles adecuadamente la apelación de "sabios") por sus "congéneres" de la Comisión de la Garantía (tanto o más "sabios" que él), quienes concuerdan para su elección (cooptación de sabios, por tanto). Y elegido como sujeto supuesto saber corre el riesgo como en análisis de identificarse con el Saber. En la última crisis de la Escuela Europea hemos lamentado por estar en desacuerdo, dicen, con la política de la Escuela la separación de un buen número de A.M.E. que sin embargo se mueven a sus anchas en el discurso del saber. Su respuesta política parece haber consistido en la creación de "Institutos" donde impartir su docencia, elevando de paso a la categoría de docentes a quienes con ellos han hecho causa común. "La Escuela no cree en sus A.M.E." se repetía durante nuestra reciente crisis. Lo que parece hacer alusión a una probable desestimación de pasadores propuestos a la Escuela Europea por algunos A.M.E. españoles. Pero, teniendo en cuenta que en nuestra Escuela los carteles del pase están compuestos por A.E., y que, por lo tanto, los A.M.E. españoles salvo alguna contada excepción no han tenido relación alguna con la Comisión del Pase, ¿en base a qué experiencia pueden argumentar que un analizante se encuentra o no próximo a la experiencia del pase, si no es apelando a una experiencia que no ha sido probada en el dispositivo? ¿No es motivo para desconfiar? Ya no estamos en la época de Lacan en que los pasadores había que sacarlos de donde fuera (con el efecto que eso tuvo en su Escuela para "deshonra" de tales pasadores). Lacan, en el momento de lanzar la experiencia, echó mano de los A.E. preexistentes que era lo mejor de que disponía y, para la Causa freudiana, antes de nombrar ningún A.E., hubo que recurrir a los A.M.E. Pero en la Escuela Europea de Psicoanálisis. disponemos afortunadamente de un número considerable de A.E. Por lo que parecería lo más sensato volver a depositar en ellos (o en aquellos A.M.E. que ya fueron A.E.), la responsabilidad de proponer a los pasadores. E incluso, si se mantiene la transitoriedad del título de Analista de la Escuela, podría proponerse que éste sea requerido como paso previo antes de engrosar las filas de los Analistas Miembros de Escuela. (Es decir, el pase, a la entrada del A.M.E.). Y todo como consecuencia de que, a nuestro parecer, el nombramiento de A.M.E. cojea del tercer criterio: el criterio clínico que queda encubierto por el epistémico. Mas con la puesta en acto del pase a la entrada, la Escuela puede disponer de un criterio clínico más adecuado para la designación de A.M.E.: el que se desprende del testimonio de los analizantes. Cuando propuso el pase a la Escuela, Lacan dispuso además que si un candidato era nombrado A.E. (título que entonces era permanente), su analista también lo fuese por ese mismo hecho, aunque no parece transportable dicho automatismo al pase a la entrada. A veces se bromea en nuestro ambiente con que, si Freud se presentara al pase, no conseguiría su nombramiento de A.E.. No vamos a discutir esa hipotética imposibilidad, pero ¿qué cabría pensar, ahora, con el pase a la entrada? Creo que nadie se atrevería a denegar a Freud la entrada. Pero ¿haría esto de Fliess un A.M.E.? (Podríamos aducir en su defensa que tuvo el mérito, al menos, de no impedirlo). Obviamente, no es eso lo que defendemos, pero sí sugerimos que, para la garantía, puede obtenerse un perfil más depurado (una mejor performance según el término francés), si se toma en cuenta, como criterio clínico, el resultado de los testimonios de sus analizantes. Además de los criterios políticos y epistémico, que no deben desestimarse, difícilmente podría desestimarse un nombramiento de A.M.E. a algún analista en función cuyos analizantes hubieran obtenido repetidamente la entrada por el pase. O, lo que es lo mismo, que la Escuela hubiera validado repetidamente curas dirigidas por él. A modo de conclusión. Lo anteriormente expuesto es consecuencia de una vieja nueva: "El analista no existe". Ustedes ya lo sabían, porque el analista es como la mujer, hemos aprendido a decir, no existe un predicado que lo defina. "El analista resulta del notodo [dice Lacan]. Notodo ser que hable podría autorizarse a hacer un analista". No existe, por tanto, "el" analista. Pero ¿y "los" analistas? Parece ser que son la peste. Quiero decir, para el psicoanálisis. Lacan los enfrentaba: por una parte el psicoanálisis y por otra los psicoanalistas (siempre en plural). Y su elección (la de Lacan) es bien "sencilla" (de adivinar): defender el psicoanálisis de los psicoanalistas. Lo que no es de extrañar puesto que el discurso psicoanalítico no admite la colectivización. Tampoco el analista. "Los" analistas tapan a "un" analista que, en su acto, está solo. ("Tan solo como siempre estuve en mi relación con la causa"). De ahí sus dificultades para hacer colectividad. Entonces, si "el" analista no existe y si "los" analistas están bajo sospecha, ¿cuándo "hay analista"? Nuestra respuesta es: cuando hay psicoanálisis. En este sentido el analista, como la mujer "verdadera" (es decir, verificable), no lo es siempre sino sólo (esta vez con acento) en su acto. El acto de hacer un analista. Cuando defendíamos que el pase a la entrada (como la entrada en análisis) era estructuralmente idéntico al de salida (el paso de analizante a analista) escandalizábamos por defender que la entrada, como acto, "hace un analista". ¿Mas no se precisa un analista para que pueda haber entrada en análisis? Un analista que en ese acto se hace. Lacan comparaba al pase con el chiste y a nadie parece caberle duda: ahora es un lugar común (ergo el pase es un chiste de Lacan). Lo que equivale a decir que el pase es una formación del inconsciente ¿podría aceptarse tal aserto si proviniese de otro? El analista, en su acto, procede como el inconsciente: en el mismo acto en que aparece se borra. Por eso no puede ser detectado sino por una placa sensible: el analizante (el pasador). Y por eso se precisa del dispositivo: para hacerlo en su acto. Si el incosnciente, según Lacan, es su interpretación, el analista, para él, será su causa. El objeto-causa, lo real en juego. Lo real (de la falta de relación sexual) traído al terreno de juego. * * * Bibliografía LACAN, J.: "Situación del psicoanálisis y formación del psicoanalista en 1956"; Escritos, Siglo XXI, Madrid, 1984; pp. 441-472. LACAN, J.; "Acta de fundación"; Escansión, Nueva Serie, nº 1. Manantial, Buenos Aires, 1982; pp. 7-16. LACAN, J.; "Proposición del 9 de octubre de 1967" (1ª versión); Ornicar? (versión española) nº 1; Petrel, Barcelona, 1981; pp. 11-30. LACAN, J.; Reseña del Seminario XV "El Acto psicoanalítico (1967-68)"; Reseñas de enseñanza; Manantial, Buenos Aires, 1988; pp. 47-58. LACAN, J.; "Sobre la experiencia del pase"; Ornicar? (versión española) nº 1; Petrel, Barcelona, 1981; pp. 31-40. LACAN, J.; "Prefacio a la edición inglesa del Seminario XI"; Intervenciones y textos 2; Manantial, Buenos Aires, 1988; pp. 59-62. LACAN, J.; "Nota a los italianos"; Cuadernos andaluces de psicoanálisis, nº 6; GEA, Granada, 1991; pp. 6-9. 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