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PRIMER COLOQUIO DE PSICOANÁLISIS

EFECTOS DE LA ENSEÑANZA DE JACQUES LACAN

Mayo de 2002 - GRANADA

MARX, INVENTOR DEL SÍNTOMA

Juan Carlos Ríos

 

El síntoma es nuestro recurso para saber qué hacer con el Otro sexo.

J-A Miller

Con diez minutos pretendo bosquejar algo del efecto de la enseñanza de Lacan paseando su afirmación de que fue Marx quien inventó el síntoma por retazos de mi historia en el paso por esta facultad.

Me acerqué al psicoanálisis tras mis adolescentes fracasos con la hipnosis de gallinas. Poco después, y de la mano de los hermanos de Marx, me refiero a los comunistas, tuve mi encuentro con Lacan. Mi propio hermano me había pasado algunos libros antes de venir a esta facultad: "Para leer el Capital" de Louis Althusser, "La interpretación de los sueños" de Freud y algún otro. Encontré de esta forma el sentido a la vida, que por cierto no tiene ningún sentido, ni nada de natural, en el sueño de la revolución.

Granada, su universidad, la lucha de clases y, por antiguo que esto les resulte circulaba, cierto saber sobre que la curación del síntoma no es posible por la revolución. Era el marco de una ciudad que iba contra la represión política.

En este embrollo con lo verdadero (ojo con la verdad, puede morder la oreja), lo real fue que se instaló un síntoma al modo obsesivo, es decir, que para elegir el objeto precisaba pasar por el saber. En este punto fue cuando los hermanos de Marx me indicaron la puerta que conducía al psicoanálisis; ya entonces el embrague de los cambios de marcha era el amor según su fórmula "a quien quiero creo", y de ahí la nada misteriosa corte de personajes a los que me identificaba. Pues, como suele ocurrir con los misterios ocultos tras una puerta, tras la misma no hay misterio valga, sólo encontramos allí lo que nuestro deseo introduce.

Llegué a Granada dispuesto a estudiar filosofía que era otra manera de tratar el síntoma de los 17 años, el exilio sexual. Se atravesó este síntoma como todos los síntomas –como dice J-A-Miller- para impedir que las cosas andaran y fueran satisfactorias. Este exilio, su verdad, su opacidad sexual tomó apariencia de una adoración por el conocimiento, el saber; y así, a mi manera, me dispuse –como señala Freud citando a Heine- con retazos y harapos a taponar los agujeros del edificio universal y sexual. Si como dice Gracián "con una verdad que le digan a un hombre tiene para toda la vida", es que entonces esta filosofía ya había sido tocada por algún efecto de la enseñanza de Lacan. Ya había leído algunos textos de Lacan, sin embargo lo que algún tiempo después me reveló el discurso analítico, es decir el efecto de la enseñanza de Lacan, y después de haber pagado la libra de carne correspondiente, es que toda la epopeya del conocimiento no es sino es una metáfora sexual. Poca cosa a fin de cuentas, pero lo mínimo –dirá Lacan- que cabe esperar cuando uno ha sido tocado por la importancia del discurso para precisar algo del inconsciente.

Antes de subir a las apariencias a escena quiero recordar hacia dónde creo apuntaba Freud: no hay ser parlante que no haya tenido que enfrentarse a que hay seres que no tienen… falo. Y el horror, enseña Lacan, ante esta verdad es el resorte del inconsciente mismo.

En esta facultad asistí a mis primeros seminarios de psicoanálisis, estaban organizados por Oscar Massota y el deseo de ciertos estudiantes de entonces algunos de ellos aquí hoy presentes. Del psicoanálisis molotov al seductor. La formación del síntoma -según la primera formulación de Lacan- como animado por un querer decir estaba en marcha. Había pasado de exiliado sexual a proletario con metralleta lacaniana disparando según se terciara contra el sentido, por qué no decirlo, religioso o científico-técnico de la psicología.

Este particular encuentro con Lacan gracias a Marx es igual a cualquier encuentro, a todos nos pasa algo así. Si se quiere controlar se puede encontrar en "El despertar de la primavera", obra de Frank Wedekind: unos adolescentes en su encuentro con la sexualidad constatan que si no hay ficción, si no hay sueño, este encuentro puede ser, dicho de una manera suave, catastrófico. En la obra referida el joven que no enfrenta el encuentro con la sexualidad con una buena ficción termina suicidándose.

El suicidio me sirve para introducir un particular tipo de síntoma, el verdadero si se quiere. Este síntoma, que permanece congelado –según muestra Lacan en su última enseñanza-, que resiste al decir callando; satisface al sujeto y permanece sustraído a la comunicación y al intercambio porque condensa goce, tomando aquí este goce en su mínima definición lacaniana como la relación del ser parlante con su cuerpo. Para que este síntoma se deshiele y hable hará falta creer en él y crearlo, por ejemplo, bajo el discurso analítico en un psicoanálisis.

Algunas claves para entender por qué dice Lacan que desde el giro marxista la verdad no tiene otra forma que el síntoma las encontré en el libro de Slavoj Zizek "el sublime objeto de la ideología", editorial Siglo XXI.

Puesta en forma

Que Marx, en su análisis del mundo de las mercancías, hallara una noción que se aplica también a la interpretación de los sueños, sólo fue posible sobre el fondo bien pulido del discurso capitalista. Lo revolucionario en Freud y Marx –dice Lacan- es que ambos pusieron en primer plano la consideración de un cierto número de hechos como síntomas. El síntoma que Marx encuentra es el retorno de la verdad de la explotación que la ideología pretende ocultar, es decir, el síntoma como valor de verdad.

Se puede hablar de cierta homología entre el análisis de la mercancía y de los sueños en tanto que en ambos análisis se trata no del misterio tras la forma sino del enigma de la forma misma.

Frente a la idea clásica, griega, que concibe la verdad como el encuentro, la visión de lo que es verdaderamente pero que se halla oculto por el velo de la apariencia, el nuevo planteamiento será, no el contenido oculto tras la forma o el indicio, sino la forma, la apariencia misma como verdad.

Freud lo formula diciendo que "la forma del sueño o la forma en que este se sueña es utilizada con sorprendente frecuencia para representar el contenido oculto" (La interpretación de los sueños, los medios de figuración), centrando entonces la cuestión no del lado de la fascinación por el significado oculto tras el velo del sueño sino en la pregunta por el velo mismo, es decir, en cómo el trabajo del sueño produce esa forma.

Marx, por su parte y si no he malentendido, explica que en la forma misma del valor de una mercancía se aclara el misterio de por qué el trabajo asumió la forma del valor de una mercancía.

El paso esencial dado por el pensamiento marxista, señala Lacan, es haber denunciado, haber descubierto, la equivalencia del síntoma con el valor de verdad. Dicho de otra forma el pensamiento marxista agujerea la verdad con la apariencia.

Hipócrates

Cabría preguntarse si no es un poquito disparatado buscar el origen de la noción de síntoma en Carlos Marx y no en Hipócrates como dios manda (y cuando manada dios es el discurso del amo quien anda revelando que precisa jugar al escondite con la verdad). Al respecto, Lacan en 1975 es claro y problemático cuando plantea que "Se han de buscar los orígenes de la noción de síntoma no en Hipócrates sino en Marx, en la conexión que él fue el primero en establecer entre el capitalismo ¿y qué?, los viejos y buenos tiempos, lo que llamamos la época feudal."

Para situarnos un poco, recordar cómo entendía las cosas Alcmeón, antecesor de Hipócrtes, "de las cosas invisibles y de las cosas mortales los dioses tienen certeza inmediata, pero a los hombres les toca proceder por indicios". Para Hipócates, y en esto sigo a Julio Hoyos, el síntoma es equivoco si no se tiene en cuenta otros indicios, otros signos como los aires, las aguas y los lugares. El síntoma, entonces, al ser interpretado por el médico bajo estos indicios, adquiere el valor de signo. Gustavo Dessals lo decía ayer: "el síntoma médico como el signo visible que conduce a una causa, y por tanto eliminando la causa desaparecería el síntoma. Vemos que esta consideración del síntoma dice de otra manera que el secreto, la verdad, estaría detrás del equívoco velo de los indicios.

Lacan, sin embargo, nos dice que el origen de la noción de síntoma está en la conexión que establece Marx en el paso de la sociedad feudal a la capitalista. Según Marx en el capitalismo las relaciones interpersonales de dominio y esclavitud de la época feudal se disfrazan "bajo la forma de relaciones sociales entre las cosas, entre los productos del trabajo". De este modo, con el establecimiento de la sociedad burguesa, la idea de sujetos libres del amo y por tanto sin servidumbre toma cuerpo. Aquí plantea que lo que ocurre es que las relaciones de dominio y servidumbre no desaparecen sino que se reprimen. Y esta verdad reprimida –la continuación del dominio y la servidumbre- retorna en un síntoma que da al traste con las ideas de igualdad y libertad. El síntoma que inventa Marx, su hallazgo, son "las relaciones sociales entre las cosas", el proletariado.

Equivocar el síntoma de hoy

Si bien Lacan rinde homenaje a Marx por su hallazgo del síntoma, no deja ser de curioso que diga también que lo que hizo Marx fue asegurar al capitalismo una larga supervivencia (hallazgo de la plusvalía). Al haber reducido a nada al proletario, al haberlo despojado de todo –dice Lacan- el proletario está llamado a ser el nuevo Mesías del futuro. Lacan va a criticar cómo la nueva religión que surgió desde que Marx, con su síntoma social, hizo resurgir al héroe proletario inflado, henchido, de sentido liberador. En este punto es donde Lacan dirá que Marx es el restaurador del orden por haber reinsuflado en el proletario la dimensión del sentido. Y el sentido siempre es religioso.

J-A Miller, el periodista de Jacques Lacan según se nombra él mismo en una entrevista, aclara que el síntoma, en la orientación que le da Lacan, lleva interpuesto el elemento cultural, el Otro de la cultura. Y precisa que lo caracteristico del estado actual de la cultura es que dice lo siguiente: "para gozar, ya no se necesita de la represión social del decir. La voluntad contemporánea de goce pasa, cada vez más, por la aceptación social del decir, casi por la exigencia social de decir". En nuestros días circula la idea de que si uno no habla de lo que va mal, enferma. Miller plantea que el decir-todo, el impulso al decir-todo inspira hoy todas las producciones culturales.

Se va perfilando una "democracia del goce", dice Miller, que viene a decir que "no gozar placenteramente no tiene excusa". Hoy la falta de goce es lo imperdonable. Se trata entonces de un goce que ya no está velado, sino que es exhibido de todas las formas posibles. Esto le hace plantear a Miller que es la perversión la que se está haciendo cada vez más presente como nueva norma social: "tengo derecho no solamente a gozar a mi manera sino también a decirlo". El síntoma hoy se presenta entonces baojo la forma de oxímoron, su mudez es charlatana y su posible tratamiento analítico, si queremos alejarnos de la otra charlatanería, la que preside toda acción terapéutica en la sociedad actual, es equivocándolo. Esto, siguiendo a Lacan en su última enseñanza cuando dice que a fin de cuentas, no tenemos más que eso como arma contra el síntoma: el equívoco. Señalar entonces, a modo de conclusión, que si Marx inventó el síntoma Lacan lo equivoca.

 

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