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FINALMENTE, LO QUE QUEDA ES SILENCIO José Luis Chacón Lafuente |
| Desde el descubrimiento del inconsciente a comienzos del Siglo XX, nada fue lo mismo. Podríamos incluso decir que el discurso sobre el arte y la creación, y de manera especial en la era postmoderna, produce una ruptura epistémica. Quiero decir que el sujeto ya nunca más fue el mismo de entonces parafraseando a Gil de Biedma. Sin duda, el discurso psicoanalítico influyó en las vanguardias artísticas de los años veinte y treinta, en los iconoclastas y no solo en el surrealismo o el dadaismo. Y hoy, a pesar de lo denostado que está el Psicoanálisis como teoría, muchos autores lo refieren: sea el último libro de Millás o Mulholland Drive, postrero film de David Lynch, por poner ejemplos muy recientes. Pero también, y desde el inicio de la obra de Freud, hubo un intento por desentrañar, por interpretar, la obra de arte: La Gradiva, Leonardo, Hamlet, el mismo mito de Edipo o Dostoievski...son algunas referencias. Para Freud la creación, el objeto artístico, solamente era interpretable en función del significante y con un mecanismo, un destino de la pulsión: la sublimación. Desde Los tres ensayos para una teoría sexual (1905) hasta Nuevas Conferencias de Psicoanálisis (1932) pasando, desde luego, por Un recuerdo infantil de Leonardo D´Vinci, Los cuentos de Hoffman, los Personajes de Teatro, La pulsión y sus destinos (1915) o Introducción al Narcisismo, Freud se ocupó del objeto artístico en clave de Sublimación alejada del Ideal y el Síntoma. La sublimación es, entonces, un destino de la pulsión diferente y especifico. La sublimación representa la salida que permite satisfacer las exigencias del Yo sin estimular la represión debido a un cambio, una variación en la dirección de la pulsión hacia otro fin alejado de la satisfacción pulsional prevista. Pero, si la satisfacción sublimatoria es tan perfecta Por qué el artista no es feliz? Por qué no sublima suficientemente para liberarse de sus demonios? Ya sea, neurótico, psicótico o perverso ¿por qué no se cura el mismo? Se pregunta Eric Laurent en la revista de la Cause Freudienne nº 25. Las propias paradojas de la sublimación en el sentido freudiano llevaron a Lacan en los años sesenta a cuestionar la explicación del arte por el inconsciente calificándola de sospechosa y plantearlo como un síntoma. Es, sin duda, y como fue calificado por J.A.Miller, un Adiós al significante y una bienvenida al síntoma. Esto implicó rehuir del aspecto metafórico y significante del síntoma para inscribirlo en lo Real. El objeto artístico no es, entonces, del orden de las formaciones del inconsciente, no dice, sino que muestra. Se muestra, acontece en la creación misma. No hay, por tanto, interpretación del arte sino elevación del objeto artístico a la dignidad de la Cosa, del Das Ding, de aquello radicalmente perdido, de ese vacío en el que el alfarero realiza su vasija. "Para que el objeto dice Lacan en el Seminario de la Etica- se vuelva disponible hace falta que algo ocurra en el ámbito de la relación del objeto con el deseo". El deseo, pues, se sublima alrededor de ese vacío que es el Campo de la Cosa, ese Campo donde se proyecta algo en el origen de la cadena significante. El síntoma en este último periodo de la enseñanza de Lacan es el modo que tiene cada uno de gozar de su inconsciente. Es la manera que tiene el sujeto de hacer existir un término del inconsciente fuera de éste, al despejarlo, tras su envoltura formal, el estatuto de condensador de goce. El síntoma es, entonces, límite de lo Real justo allí donde el fantasma impone su borde, su paralización, su condición de ficción fundamental. Y, si es límite, el síntoma es una invención, una creación del sujeto. Es este el sentido que lo hace homologable con el propio Psicoanálisis. Tal vez ello fuera lo que llevase a Lacan en esa etapa a alejarse de la Ciencia como paradigma de la Teoría Psicoanalítica y colocarla bajo los efectos del discurso capitalista. Propuso entonces al arte, a la poesía, como elementos susceptibles de aportar novedades al futuro del Campo freudiano. El poeta, el escritor, el artista en suma, puede declarar antes que el Psicoanálisis aquellos hallazgos a los que este llega a través de su dispositivo. Pero el poeta no sabe lo que expresa, no tiene un saber sobre ello. No es extraño que Lacan despertara a M. Duras en sus noches de estudio para preguntarle sobre algo que le llamaba poderosamente su atención de sus narraciones. Tampoco aquella frase enigmática del Acto analítico: "el análisis, eso hace alguna cosa..." y más tarde, "la poesía, eso hace alguna cosa..." para poner de manifiesto que en la poesía el hecho, el hacer, es primer término y conlleva el decir, mientras que el Psicoanálisis es del orden del acto, de lo performativo, cuando, precisamente, al decir, se hace. La creación, la invención y el Psicoanálisis son homólogos porque como decía Baudelaire, van hasta el fondo de lo desconocido para encontrar algo nuevo, un nuevo significante o un nuevo objeto condensador de goce. Hay un hallazgo como decía Picasso. Estaba todo allí y, sin embargo, faltaba que se produjera el acto de la creación, de la invención, el acto analítico, para que ello, aquello, emergiera. Existe, pues, una estructura homóloga entre deseo del analista y creación...entonces... y volviendo a la pregunta de Eric Laurent, cual es la diferencia entre Creación y Psicoanálisis, por qué el artista, a pesar de hacer con el síntoma un objeto artístico, no sabe verdaderamente que hacer con él? El objeto artístico está fundado sobre la nada y, si quiere tener validez debe abrir nuevas fronteras y tratar de decir lo que aún no se ha dicho. Esto implica una ética por inventar nuevas formas y rehuir el uso de los lenguajes establecidos para obtener un efecto que esté más allá de lo permitido, es decir, la introducción por el significante de un vacío en lo Real. No es un vacío entendido al modo trascendental; es un vacío real. Hacer un objeto artístico es tomar el objeto imaginario, el objeto, no solo en su función de velo, por efecto del fantasma, sino convertirlo en un objeto real en lo simbólico. Parece que en nuestra época lo Real se resiste a la creación y, sin embargo, todo el mundo aspira a ella. La producción sea en la escritura, las artes plásticas o el Cine es pletórica. Pero la producción no es lo mismo que la creación. En la actualidad, como decía O. Wilde, se ven más artistas en la calle que hombres o mujeres. Esta producción masiva que no toca lo Real, la aleja de la ética. Incluso algunos autores del No la han calificado de inmoral. Pero tampoco el Psicoanálisis, la teoría psicoanalítica, está exenta de esa inmoralidad. Los plagios, las citas y lugares comunes, las repeticiones al amparo de los significantes amos, alejan cierto lacanismo de esa ética implícita al Psicoanálisis porque toca lo Real del síntoma, incluso el deseo del psicoanalista como síntoma. Se trata, sin duda, de un imperativo del mercado: producir algo nuevo que realmente no lo es sino que vela, se disfraza de objeto metonímico, enunciado de lo nuevo, cuyo valor reside en la rapidez y frescura de una cierta comunicación. El goce de la novedad se hace cada vez más exigente e insistente, en su rivalidad mortífera con lo obsoleto. Así, como si fuera una vanitas, la cultura contemporánea incluyendo cierto arte y el propio psicoanálisis, pone de manifiesto la pulsión de muerte. Presentifica esa operación que no desiste y que enuncia: lo nuevo solo es nuevo en minuto presente. En resumen, y para finalizar, la homología entre arte y psicoanálisis no es otra cosa que el decir; lo imposible de decir es lo que empuja a hablar, a establecer objetos artísticos pero el desenlace de un análisis lleva a dejar la asociación libre para retomar la palabra en otro dispositivo. Despejar el síntoma lleva a un tope: el silencio del que hablaba Shakespeare en Hamlet y que da título a esta comunicación. El silencio que, como el de las sirenas, no deja de resonarnos en la escucha porque entre el arte y el análisis existe una diferencia fundamental: frente al objeto artístico que viene a enmascarar el vacío de la Cosa y lo hace sin saber, el psicoanálisis descubre ese punto y orienta el deseo a partir de ahí: es esto el deseo del analista. Una provocación de la palabra frente al silencio. Cuando no hay palabras, mejor es callarse. Yo lo voy a hacer... insistiendo en que el psicoanálisis no paraliza el discurso: da cuenta de ello.
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