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PRIMER COLOQUIO DE PSICOANÁLISIS

EFECTOS DE LA ENSEÑANZA DE JACQUES LACAN

Mayo de 2002 - GRANADA

SICUT PALEA (II)

Jesús Ambel Burgos

 

En 1990, en el primer número de los Cuadernos andaluces de Psicoanálisis, publiqué un artículo con este mismo título. El acento estaba puesto entonces en el "sicut palea" del final del análisis al que Lacan se refiere en la Proposición de 1967 y en la Nota a los Italianos de 1974. Vuelvo ahora a usar la frase de Santo Tomás para intervenir en este Coloquio que llega en un caudal de transferencia de trabajo a propósito de la formación del psicoanalista.

La tesis que mantengo, ahora, es que el "sicut palea" impregna los diversos momentos fecundos, las distintas escansiones por las que ha pasado y pasa la formación de un psicoanalista en la época lacaniana del movimiento lanzado por Freud hace ya un siglo. Se trata, lo enuncio ya, de aprovechar este encuentro con aquellos con los que inicié la formación como analista, para dar cuenta de la formulación de un problema con el que me he encontrado en estos años y ver si hay algo nuevo a transmitir acerca de ese recorrido en el que al sujeto se le ha debido revelar que no hay formación del analista sin el encuentro con lo real de esa formación y sin la respuesta adecuada a cada uno de esos momentos, de esas escansiones que separan las aguas y en las que la expresión "no es esto, no es esto, no es esto..." ha hecho acto de presencia en el circuito que gira en torno a la cosa freudiana.

El sujeto entra en formación en psicoanálisis a partir de sus identificaciones. Una frase establece su posición de partida: "el intelectual pequeño burgués se reconoce en su saber como modo de cultivar su narcisismo". Esa frase es un enjambre de significantes cuyo valor de identificación lo acercan a las entonces "fuerzas vivas" de la cultura en la ciudad y que le permiten bricolear en el mercado de los saberes.

Mercado de los saberes que tenía en la universidad lo que se llamaba y se llama la "excelencia" en el saber. Esa inmersión en el discurso universitario era entonces compatible con unas gotas de materialismo histórico que, prometiendo la existencia de una máxima liberal y universal, podía servir de guía a la voluntad práctica del sujeto y se acompañaba, además, de una militancia organizativa grupal. Recién licenciado, con un título en el bolsillo, las ideas de cambio necesario y de compromiso empujaron al sujeto al diván.

El análisis se inauguró con un sueño y un síntoma que pronto colocaron al analizante en la tesitura abierta por los efectos de la transferencia al respecto del saber. También comenzó entonces sus contactos con el medio psicoanalítico, con sus Jornadas y Seminarios, sus publicaciones y sus intercambios. Inicia así una formación como psicoanalista en un proceso que no ha sido lineal y que se produce en el marco de una política lacaniana.

La formación, desde entonces, ha tenido cinco anclajes: el análisis, el control, el estudio de los textos, la práctica clínica y la Escuela. Anclajes que suponen una serie de "elementos" (2) que reactualizan el proyecto freudiano: primero, las cuestiones concernientes al psicoanálisis puro, es decir, al final de análisis, el pase, la supervisión, la adaptación de la cura al caso por caso. Segundo, la formación en psicoanálisis aplicado, las indicaciones del psicoanálisis, sus límites, la disciplina de la entrevista clínica, la orientación en el diagnóstico, la adaptación de la cura a distintos proyectos terapéuticos, tanto en materia de salud mental como de trabajo social. Tercer elemento, el que se refiere a la ética del acto analítico y a su lugar en la subjetividad de nuestra época.

Si siguiéramos el sentido común, podríamos pensar que en este proceso se trataba de adquirir un saber, una manera de hacer. Podríamos pensar que esos "elementos" debieran proporcionar un saber. Podríamos aspirar a que se estuviera cumpliendo su anhelo de ser un sabio, un médico sabio y respetable con las consabidas "consagraciones sociales de ese estatuto" (3). Pero, más allá de los espejismos del sujeto, esos elementos, en ese marco que he nombrado, le revelan algo que tiene que ver con un punto de fuga, con un poder de indeterminación: en ese discurso no está dicho cómo pasar del lugar de la producción al del agente. Lo que lo ha llevado en sucesivas ocasiones a interrogar cómo ordenar aquel anhelo con algo con lo que no concuerda y que se llama el deseo. Esa introducción del sesgo del deseo en el corazón mismo de la función del saber, tiene efectos de división subjetiva.

Si bien es cierto que el sujeto entró en formación a partir de sus identificaciones, la llegada de nuevas referencias (los elementos de la formación que hemos mencionado) han tenido un efecto de descompletamiento. Podemos incluso establecer que el resorte energético de esa operación ha sido la investidura del deseo del sujeto en una relación a la Escuela cuyo arte ha consistido en la transformación de esa transferencia en una transferencia de trabajo. (5) Escuela definida como un lugar de saber ordenado por un no-saber La relación del sujeto en formación con su objeto de búsqueda nunca es completa, lo que convierte al objeto buscado en algo que exige al sujeto poner en juego su deseo.

Aquella frase escuchada antes de comenzar su formación es un chiste. Lo es porque la relación del psicoanalista con el estatuto de aquel que detenta un saber es un chiste. La propuesta de Lacan apunta no sólo a saber sobre la división subjetiva sino, además, a pensarla. Sí, a pensarla, porque pensar es la huella de una ausencia del ser del sujeto, ese ser en falta en el mar de los nombres propios, ese mar de nombres propios tan querido al sujeto al comienzo de su formación. La clínica lo lleva a constatar una y otra vez que en el momento de saber como analista ya está en posición de división subjetiva. En el control (el análisis por otros medios) aprende, caso por caso, que si no fuera así, todos los prestigios del desconocimiento especular lo reunificarían como sujeto y, de paso, se elidiría la otra parte, la que precisamente debería de ser el efecto de la experiencia. Se produce, además, un efecto separativo con relación al grupo que tan importante era para él.

En ese marco (en esa otra manera de abordar lo real), no encuentra el sujeto un itinerario estándar prescrito por un saber a priori, no hay una forma ideal como finalización. Y si podemos nombrar los elementos entre los que se juega esa formación (2), también es porque ellos tienen, en su experiencia, algo en común: y es que el sujeto se ha visto inmerso en un medio en el que una falla en el saber lo que más le importa le lleva en volandas, angustia mediante, a inventar su propio sistema, su propia manera de saber hacer con eso.

Lo que se revela es, por tanto, algo que tiene que ver con la supervivencia misma del psicoanalista porque de lo que se trata es del uso que hace el sujeto del semblante de saber. No resulta difícil perder de vista la relación adecuada del sujeto con el sujeto supuesto saber. Las alternativas de la psicoterapia o de la militancia están ahí para constatarlo. Pero hay algo que orienta: el saber en juego no es un saber en lo real. Lo que hace del saber en el psicoanálisis un saber estructuralmente supuesto (5). O, para decirlo en los términos de Lacan, se trata de otro saber en otro lugar.

En su formación, el sujeto gana en saber que la completud no es verdaderamente lo más importante del mundo ya que estar liberados de la garantía permite buscar.

 


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

(1) MILLER, J-A., Intervención en el Colegio Nazareno, 27 de Mayo 2001, inédito.

(2) LAURENT, E., "La formación del psicoanalista", en El caldero de la Escuela n º44, publicación de la EOL, Buenos Aires 1996.

(3) LACAN, J., El objeto del psicoanálisis, clase del 11 de Mayo de 1966, inédito.

(4) BRODSKY, G., Conferencia en la ECF sobre el efecto-de-formación de los analistas, París, 4 de Febrero del 2002, inédito.

(5) MILER, J-A., De la naturaleza de los semblantes. 1ª edic., Buenos Aires, 2001, pgs. 85-89

(6) MILLER, J-A., Réponse à "Ché vuoi?" sur la formation de l´analiste en 2001, noviembre 2001, inédito

 

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