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PRIMER COLOQUIO DE PSICOANÁLISIS

EFECTOS DE LA ENSEÑANZA DE JACQUES LACAN

Mayo de 2002 - GRANADA

JACQUES LACAN Y LA SEGREGACIÓN

DE LOS PSIQUIATRAS

 Adolfo Jiménez Hernández

 

 

Hace 25 años acompañaba a Oscar Masotta (el introductor de Lacan en castellano, en España y, desde luego, en Andalucía) a los Seminarios que daba en esta Facultad (todavía en las dependencias de la de Filosofía y Letras), traído por un grupo de entusiastas alumnos de la primera promoción de Psicología de Granada que accedieron a Lacan desde Althuser y comenzaron acudiendo al seminario mensual que Masotta impartía en el Hospital Psiquiátrico de Málaga, donde yo trabajaba a la sazón. Desde entonces, mi historia ha estado muy vinculada a Granada –ciudad donde ahora resido– y mis recuerdos gozan de muchos puntos comunes que hoy podría evocar. Pero me ha parecido más oportuno poner el acento sobre una faceta particular –mi pequeña diferencia– en esta historia común. Razón por la que me incluí en esta mesa, anunciada sobre Crisis de identidad y procesos de segregación : para hablar de Lacan y los psiquiatras.

        Que Lacan era psicoanalista, es algo que nadie pone en duda. Ni siquiera en el seno de la IPA, la asociación a la que pertencía y que lo anatematizó, pero cuyos componentes aún lo estudian con cuarenta años de retraso, por no haber podido desprenderse del Lacan que quisieron condenar al ostracismo. Y tampoco puede ser cuestionado en el sentido formal de la estricta lógica lacaniana, por el hecho de que, analizantes suyos, superaron la prueba del dispositivo del pase. Otros lo considerarán también un filósofo, un estructuralista, un pensador original (1), un charlatán o un visionario, un agitador de masas o un prospector del mercado. En fin, como suele decirse, cada loco con su tema.

        Pero lo que fue antes que todo eso, y nunca abjuró de serlo, es un psiquiatra; incluso, posiblemente, el último psiquiatra. Podría haber titulado así mi intervención: “Jacques Lacan, el último psiquiatra”. Porque los psiquiatras, como los mohicanos, son una raza en peligro de extinción. En la actualidad el psiquiatra en sentido clásico –aquél que se hace cargo del loco, lo atiende, lo aísla, lo estudia y lo trata–, ha sido sustituido por los actuales especialistas que –en un vano empeño de no separarse de la medicina, que de todas maneras los segrega (2)– se han refugiado en el papel de dispensadores de psicofármacos aliviados por el confort que proporciona, en nuestra sociedad de consumo, el disfrute de una franquicia para la que las multinacionales del ramo se encargan de hacer la promoción del mercado. Siendo en realidad una forma como otras de protegerse, de alejarse –como lo señalara Lacan en noviembre de 1967, en su “Pequeño discurso a los psiquiatras”– de su objeto específico que es, para llamarlo por su nombre, el loco. 

        –“Yo no estoy aquí para que usted me cuente su vida”. Ésta fue la respuesta que recibió alguien de un psiquiatra. La podría haber oido de uno cualquiera, pero le vino de uno en concreto que tenía las ideas claras y ningún empacho en decirlo. Lo que, recibido como una interpretación, sirvió para que se dirgiera, acto seguido, a un supuesto psicoanalista y no a otro psiquiatra que, ese sí, gozara de comprensión.

        Otra manera de evitar el objeto es mediante persona interpuesta: aquella que se hace poner en contacto con el loco para que informe sobre él. Lacan lo identificaba con lo que denominaba grands patrons, esto es los “jefazos”: directores, coordinadores de área, jefes de departamentos, jefes de servicios, etc., que tanto proliferan en nuestra administración en atención a esa demanda de barrera interpuesta ante el objeto, y no sólo en la asistencia psiquiátrica. Su nombre es “Jerarquización” y nombra lo que pretende: un orden de prelación en el poder (3).

                ¿Y qué pueden hacer los “no–jefazos”?, ¿aquellos que, de todas maneras, tienen que vérselas con el loco? O sea, facultativos especialistas de área, residentes en formación, psicólogos, enfermeros, asistentes sociales, auxiliares de clínica, incluso celadores (no puedo dejar de pensar en los componentes de las comunidades terapéuticas). ¿Cómo pueden ellos protegerse? “basta con tener –dice Lacan– una pequeña idea, un órgano-dinamismo por ejemplo, o cualquiera otra, una idea que los separe de esa especie de ser que está frente a ustedes, el loco, que os lo separe prendiéndolo con alfileres, como una especie de raro coleóptero, del que se trata de dar cuenta en su dato natural”. Hoy podía haber hablado de cognitivismo, de psiquiatría biológica, de neurociencia o de ese batiburrillo sintomático del DSM-IV, pero entonces hablaba en el hospital psiquiátrico de Sainte Anne y en el seno de una institución creada por su amigo Henri Ey que fue el inventor del órgano-dinamismo, la corriente psiquiátrica imperante en Francia en aquel momento (4). 

        Y el propio psicoanálisis, culminaba Lacan, también puede servir de barrera si se acude a él en busca de una ayuda para la comprensión de la locura en la espera de que, el día de mañana, cuando el candidato acabe su formación, pueda enfrentarse a él sin la angustia que podría generar su responsabilidad psiquiátrica para con el loco. Desconociendo que el psicoanálisis no actúa sobre la comprensión sino, por el contrario, sobre el sin-sentido; no produciendo más sentido, sino des-sentido. De manera que, si el candidato decide emprender su análisis personal, no podrá dejar de cuestionar ese deseo de comprensión. Como cualquier otro.

        De la misma manera –es algo que pudimos comprobar personalmente–, la propia “terminología lacaniana” puede ser utilizada en esa dirección: Si el psicótico tiene “forcluido” el “nombre del padre”, si no acata “la ley del padre”, ¡habrá que enseñarle a acatar las normas! Y esto para justificar la actuación represiva del director de un psiquiátrico que había comenzado su recorrido profesional militando en la antipsiquiatría y que se preciaba de “haber leido” a Lacan.

        A propósito de la antipsiquiatría, Lacan se expresaba así en 1971, en una serie de charlas dadas también en Sainte Anne y conocidas con el nombre de “El saber del psicoanalista” : “La cuestión de los enfermos mentales o de lo que se llama, por decirlo mejor, las psicosis, es una cuestión para nada resuelta por la antipsiquiatría, cualesquiera fuesen las ilusiones que mantienen al respecto las empresas locales. La antipsiquiatría es un movimiento cuyo sentido es la liberación del psiquiatra, ... Y es muy cierto que no se encamina hacia eso. No se encamina porque hay una característica que tampoco habría que olvidar en lo que se llaman las revoluciones, es que esa palabra está admirablemente elegida al querer decir : retorno al punto de partida”.

        Con lo que ya predecía el futuro de la revolución psiquiátrica emprendida en Andalucía en los años ochenta en la que que los antipsiquiatras iban alcanzando puestos de responsabilidad en la administración pública mientras el ideal de psiquiatría comunitaria se reducía al modelo americano de psiquiatría de sector, el cierre de los psiquiátricos públicos se compensaba con la ampliación de los privados concertados, las derribadas rejas de los antiguos  manicomios se trasladaban a las modernas “unidades de agudos” de los hospitales generales, las camisas de fuerzas eran sustituidas por la contención farmacológica y la clínica clásica por la atomización sintomática del DSM-IV.

        Pero ¿por qué el loco tendría que despertar angustia, si la angustia no es un afecto como los demás, sino aquél que correponde al objeto a? Precisamente por eso, porque el loco lleva consigo su objeto a (sus voces por ejemplo) y no tiene necesidad de pedirlo, puesto que no le falta. Un loco, no pide nada, en todo caso lo toma o lo exige. Por eso –dice Lacan– el loco es el hombre libre, desatado de cualquier vínculo social, desabonado a cualquier discurso. Así lo reconoce el código penal, que lo considera inimputable, y es lo que convierte en el fondo a la clínica psiquiátrica en una clínica sin demanda. Pues al sujeto psicótico –en aras de su propio bien–, hay que darle a veces lo que no pide (psicofármacos por ejemplo) y quitarle lo que le pertenece: su delirio, su libertad de movimientos, etc.

        Porque el psiquiatra cumple ante todo un servicio social, fechado históricamente por Michel Foucault en su Nacimiento de la locura, al señalar que surge al mismo tiempo que el tratamiento humanitario del loco, es decir su internamiento, su segregación, su concentración en los asilos de alienados. Que es la función social del psiquiatra aunque la cumpla a regañadientes: la de determinar si alguien “es peligroso para sí mismo o para los demás”. Y es por lo que, en el citado discurso de 1967, Lacan señalaba a los psiquiatras (que no tenían ojos para verlo según su expresión) su papel de precursores de lo que en su “Proposición...” anunciara como “lo que se irá desarrollando como consecuencia del reordenamiento de las agrupaciones sociales por la ciencia y, principalmente, de la universalización que introduce en ellas”, es decir “la extensión cada vez más dura de los procesos de segregación”.

        Que el psiquiatra es un agente de segregación es lo que vino a decir en Sevilla Jacques-Alain Miller, en la conferencia de clausura de las II Jornadas Andaluzas de Psicoanálisis de 1987 dedicadas a la Salud Mental y organizadas en colaboración con el Instituto Andaluz del mismo nombre (5) : que, en definitiva, la salud mental es una cuestión de orden social, y que la función del psiquiatra es paralela a la del agente de circulación: la de determinar quién puede circular por las calles sin peligro, y quién no (en irónico contraste con el destino del psicoanalista que, conforme va progresando en su práctica, va siendo encerrando en su consultorio por sus clientes, que circulan libremente mientras le impiden a él frecuentar la calle). Destino de exclusión del analista –de autosegregación, si lo prefieren– que hace difícil su concentración, incluso en un campo tan poco segregativo como el Campo Freudiano.

        Un poco antes, en 1980, y cuando, con nuestro colega Hilario Cid, se planteó la posibilidad de abrir en el propio hospital psiquiátrico un espacio donde atender demandas de psicoanálisis, la repuesta de la citada dirección fue la de que “no se podía hacer una psiquiatría limpia y una sucia”. Podríamos preguntarnos ahora si, de haber soportado algún tiempo más la suciedad prometida, habríamos facilitado la difusión del Campo freudiano en dicha institución. Pero basta observar lo que con él hicieron los que allí se quedaron al servicio del discurso del Amo, para dar por bueno el ahorro de una práctica donde la actividad se distribuye entre las maquinaciones palaciegas, las alianzas y las zancadillas con que, en tales instituciones, se vehiculiza la jerarquía en la lucha imaginaria del puro prestigio.

        Terminaremos entonces preguntándonos igualmente si el mismo Lacan, que confiesa haber acudido al psicoanálisis llevado por la estructura formal del paso al acto de su paciente Aimée, no lo hizo en realidad para segregarse del impasse alcanzado en la psiquiatría, tal como Freud lo hiciera del de la neurología.

        Y la respuesta es que no, puesto que Lacan nunca abandonó la práctica psiquiátrica y durante los treinta años de su enseñanza mantuvo periódicamente una práctrica pública conocida con el nombre de “presentación de enfermos” en la que, ante un auditorio de especialistas avezados o en formación, se dejaba llevar por la conversación con un paciente de dicho hospital psiquiátrico (no era él quien los escogía) para hacerse enseñar por él. Y dando cuerpo en su teoría al saber que supo desprender de la experiencia con psicóticos. Saber que nos permite a nosotros, en la soledad de nuestros consultorios o en el de la institución pública, el poder habérnosla con ese saber hacer deducido de dicha experiencia ahora que, cada vez más, los psicóticos encuentran gusto en hablarle, por supuesto, a un psicoanalista.

        No es éste entonces el momento de hablar de los efectos de esa enseñanza –que, como hemos dicho, no es de Lacan puesto que es del loco–, pero de la que disponemos gracias a él. Porque en esta época de declinación del Nombre del Padre el psicoanálisis tendrá que vérselas, cada vez más, con las psicosis.

Muchas gracias. 


NOTAS:
 
1.- Una de las invitadas al Coloquio, la Directora de escena Sara Molina (que preguntó además a los analistas presentes sobre el Ché vuoi?), lo definió como “un héroe intelectual”.
2.- En el sentido primitivo y glandular del término “secreción” : primero lo fabrica y luego lo excreta.
3.- Fin jerárquico en el que parece haberse empantanado la disputa actual de la ley europea sobre psicoterapias; esto es, si se trata o no de una prescripción médica y quién puede administrarla.
4.- Miquel Bassols señaló más tarde, en la conferencia de clausura del Coloquio, el efecto de pacificación que Lacan reconocía a la obra de H. Ey.
5.- Nunca se ponderará bastante el papel impulsor de J.-A. Miller en Andalucía desde que, en 1986, decidió sellar en estas tierras la reconquista del campo freudiano y la creación de la Escuela Europea de Psicoanálisis. Cf. “El triunfo de Jacques Lacan” conferencia dada en el Paraninfo de la Universidad de Granada el 26 de Octubre de 1990 (Cuadernos Andaluces de Psicoanálisis, nº 5; febrero 1991).

 

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