COLOFON - nº 27

Editorial - HABLEMOS DE POLÍTICA

Jesús Ambel

 

 


No hay equidistancia entre el sufrimiento y el control. Los hay que se colocan del lado del sufrimiento para mostrar respeto por la verdad singular del sujeto de la ciencia, y los hay que se ubican como expertos para los que la existencia es un material de trabajo calculable. Para el psicoanálisis, desde que nació con Freud, la opción es clara: “Estamos enfermos, eso es todo. El ser hablante es un animal enfermo”, decía Lacan en 1974.
El crimen y la enfermedad son las dos mayores preocupaciones de la época. También son las dos dificultades materiales que todavía encuentra la instauración definitiva del gobierno de las cosas. Cualquier discurso, no sólo el del analista, que se ocupe del mal vivir no tendrá las bendiciones periciales oportunas del nuevo poder de la evaluación.
Ahora bien, el régimen de la domesticación generalizada puede quedar en suspenso si los psicoanalistas hacen las suficientes extravagancias en estos tiempos de dificultades de extracción del plus-de-goce de la renuncia al goce, en estos tiempos de promoción de la inmunda moral del sacrificio de sí, en los tiempos lorquianos de la ciencia sin raíces, de los sudores sin fruto. Nos ha hecho falta volver a recuperar “la servidumbre voluntaria” de la época de La Boétie. El enfrentamiento instruye.
Esta edición de Colofón es un uso de la palabra analizante que resiste a la libertad y a la igualdad color muralla, que critica lo inevitable del orden mudo de las cosas, que promueve lo vivo de la experiencia del inconsciente, que se orienta por lo real del orden del sujeto porque lo verdaderamente humano es la relación con lo imposible.
De esta forma, ante al sufrimiento psíquico –estamos hechos de tal modo que “cualquier malestar se nos refracta en sufrimiento”, como señala Milner-- mostramos nuestra preocupación por los intentos sistemáticos y estructurados de pasar la subjetividad, lo que hay de más íntimo para un ser hablante, a la racionalidad instrumental. Una vez vencida la barrera del secreto, ya nada podrá detener la derrota política de la verdad en la experiencia humana.
Amenazada por la gestión del comportamiento, ante las técnicas sugestivas de la psicología del conformismo –“la realidad es lo que funciona,” enseñaba Lacan en 1976--, vemos a la intimidad correr a refugiarse en la inhibición, en la angustia y en el síntoma (la tríada freudiana), aumentando cada día las temidas cifras de cronicidad, ante la sorpresa de los gestores que no se terminan de explicar cómo la gente, marcada con el sello de lo inerte, no responde a la bondad de sus esfuerzos.
Frente a lo único, el psicoanalista quiere, junto a otros, que el ciudadano pueda elegir hacer la experiencia del inconsciente, para cerciorarse de que el lazo vale más que el bien, como indica De Gaulejac. Al psicoanalista la tarea de ocuparse de lo que hay de inmundo en el mundo porque sabe que hay un resto heterogéneo que no se puede reabsorber en el juego simbólico: contrariamente a lo que se cree, otra vez Lacan en 1974, eso hace que nos confrontemos mucho más con lo real que los científicos. Es el psicoanálisis, como práctica de orden social, lo que puede permitir que el humanismo no sea sólo una posición defensiva.
Hablamos de política, hacemos política. Es nuestra manera, realista y sin ilusiones, de combatir la política de las cosas. Es nuestra folisofía del síntoma.