No
hay equidistancia entre el sufrimiento y el control. Los hay que se
colocan del lado del sufrimiento para mostrar respeto por la verdad
singular del sujeto de la ciencia, y los hay que se ubican como expertos
para los que la existencia es un material de trabajo calculable. Para
el psicoanálisis, desde que nació con Freud, la opción
es clara: “Estamos enfermos, eso es todo. El ser hablante es
un animal enfermo”, decía Lacan en 1974.
El crimen y la enfermedad son las dos mayores preocupaciones de la
época. También son las dos dificultades materiales que
todavía encuentra la instauración definitiva del gobierno
de las cosas. Cualquier discurso, no sólo el del analista,
que se ocupe del mal vivir no tendrá las bendiciones periciales
oportunas del nuevo poder de la evaluación.
Ahora bien, el régimen de la domesticación generalizada
puede quedar en suspenso si los psicoanalistas hacen las suficientes
extravagancias en estos tiempos de dificultades de extracción
del plus-de-goce de la renuncia al goce, en estos tiempos de promoción
de la inmunda moral del sacrificio de sí, en los tiempos lorquianos
de la ciencia sin raíces, de los sudores sin fruto. Nos ha
hecho falta volver a recuperar “la servidumbre voluntaria”
de la época de La Boétie. El enfrentamiento instruye.
Esta edición de Colofón es un uso de la palabra analizante
que resiste a la libertad y a la igualdad color muralla, que critica
lo inevitable del orden mudo de las cosas, que promueve lo vivo de
la experiencia del inconsciente, que se orienta por lo real del orden
del sujeto porque lo verdaderamente humano es la relación con
lo imposible.
De esta forma, ante al sufrimiento psíquico –estamos
hechos de tal modo que “cualquier malestar se nos refracta en
sufrimiento”, como señala Milner-- mostramos nuestra
preocupación por los intentos sistemáticos y estructurados
de pasar la subjetividad, lo que hay de más íntimo para
un ser hablante, a la racionalidad instrumental. Una vez vencida la
barrera del secreto, ya nada podrá detener la derrota política
de la verdad en la experiencia humana.
Amenazada por la gestión del comportamiento, ante las técnicas
sugestivas de la psicología del conformismo –“la
realidad es lo que funciona,” enseñaba Lacan en 1976--,
vemos a la intimidad correr a refugiarse en la inhibición,
en la angustia y en el síntoma (la tríada freudiana),
aumentando cada día las temidas cifras de cronicidad, ante
la sorpresa de los gestores que no se terminan de explicar cómo
la gente, marcada con el sello de lo inerte, no responde a la bondad
de sus esfuerzos.
Frente a lo único, el psicoanalista quiere, junto a otros,
que el ciudadano pueda elegir hacer la experiencia del inconsciente,
para cerciorarse de que el lazo vale más que el bien, como
indica De Gaulejac. Al psicoanalista la tarea de ocuparse de lo que
hay de inmundo en el mundo porque sabe que hay un resto heterogéneo
que no se puede reabsorber en el juego simbólico: contrariamente
a lo que se cree, otra vez Lacan en 1974, eso hace que nos confrontemos
mucho más con lo real que los científicos. Es el psicoanálisis,
como práctica de orden social, lo que puede permitir que el
humanismo no sea sólo una posición defensiva.
Hablamos de política, hacemos política. Es nuestra manera,
realista y sin ilusiones, de combatir la política de las cosas.
Es nuestra folisofía del síntoma.